La mística mozartiana

El virtuoso pianista canadiense Jan Lisiecki vuelve a grabar a Mozart tras catorce años de su debut interpretando al genio austríaco.

En 2012, con tan sólo 17 años, Jan Lisiecki grabó su primer álbum para el sello Deutsche Grammophon, una versión increíble de los conciertos para piano no. 20 y 21 de Mozart. Desde entonces, ha centrado su atención en el repertorio romántico de Chopin y la épica de Beethoven, pero tenía pendiente regresar a la mística mozartiana.

Así, más de una década después de aquel debut que lo reveló como un intérprete de pureza poco común, este regreso a los conciertos 9 (K.271) y 22 (K.482) de Mozart, nuevamente con Deutsche Grammophon y acompañado por la dirección de Manfred Honeck con la Orquesta Sinfónica de Bamberg, suena a madurez, sin “virtuosismo de escaparate”, con diálogo, respiración y arquitectura. En fin, muy Mozart.

En el K.271, Lisiecki entiende que interpretar al austríaco no es un torneo de virtuosismos exagerados: cada entrada del piano parece hablar en su justa medida, nada está de más. En el K.482, por su parte, la mirada se ensancha: la orquesta y Honeck tejen un tapiz de nobleza y claroscuro que convierte el Andante en una confidencia y el final en una celebración sin estridencias.

Lo más valioso del disco es su renuncia al efectismo. A veces tanta pulcritud roza la cautela, sí, pero nunca la frialdad. Y precisamente por eso el álbum convence, porque entiende que, en Mozart, la verdadera grandeza está en su belleza serena. Y, para ello, un buen intérprete mozartiano debe tener inteligencia musical y poesía en la ejecución, sin “maquillajes”. Y a Lisiecki eso le sobra.

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