En 2012, con tan sólo 17 años, Jan Lisiecki grabó su primer álbum para el sello Deutsche Grammophon, una versión increíble de los conciertos para piano no. 20 y 21 de Mozart. Desde entonces, ha centrado su atención en el repertorio romántico de Chopin y la épica de Beethoven, pero tenía pendiente regresar a la mística mozartiana.
Así, más de una década después de aquel debut que lo reveló como un intérprete de pureza poco común, este regreso a los conciertos 9 (K.271) y 22 (K.482) de Mozart, nuevamente con Deutsche Grammophon y acompañado por la dirección de Manfred Honeck con la Orquesta Sinfónica de Bamberg, suena a madurez, sin “virtuosismo de escaparate”, con diálogo, respiración y arquitectura. En fin, muy Mozart.
En el K.271, Lisiecki entiende que interpretar al austríaco no es un torneo de virtuosismos exagerados: cada entrada del piano parece hablar en su justa medida, nada está de más. En el K.482, por su parte, la mirada se ensancha: la orquesta y Honeck tejen un tapiz de nobleza y claroscuro que convierte el Andante en una confidencia y el final en una celebración sin estridencias.
Lo más valioso del disco es su renuncia al efectismo. A veces tanta pulcritud roza la cautela, sí, pero nunca la frialdad. Y precisamente por eso el álbum convence, porque entiende que, en Mozart, la verdadera grandeza está en su belleza serena. Y, para ello, un buen intérprete mozartiano debe tener inteligencia musical y poesía en la ejecución, sin “maquillajes”. Y a Lisiecki eso le sobra.
