La gran trampa

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El discurso dominante es alarmista y sensiblero: Para las feministas, las mujeres siguen siendo víctimas de una atroz discriminación con respecto al hombre.
Para los animalistas, los perros son más nobles que los humanos, y hasta les celebran cumpleaños (con gorrito y todo).

Los ecologistas nos hacen sentir culpables por bañarnos mucho y viajar, por eso de las calamidades climáticas que se nos avecinan.

Y los políticos quieren ponernos más impuestos, para erradicar la injusta desigualdad.

El discurso es una trampa. Y a medida que lo compramos, más permiso les damos a estos exagerados para irrespetar nuestros derechos y atropellarnos:

-Las mujeres nunca han sido menos discriminadas que ahora. ¿Cuántos escritores varones ganan más que J.K. Rowling, por ejemplo? Las hay que dirigen países, bancos, instituciones poderosas...Las hay incluso arrepentidas de tanta “reivindicación”.
A pesar de esto, las indignadas feministas quieren que detestemos a los hombres (¿y entonces?), y logran con su drama destruir reputaciones por “supuesto acoso”.

-Los animalistas están logrando imponer el olor a excremento de su mascota en la primera clase de un avión (que den la vida por su perro si quieren, pero a esto, francamente, no hay derecho)
-El medio ambiente está mejor en el mundo desarrollado. Y para decepción de los ecologistas, sus vaticinios apocalípticos no terminan de ocurrir. Aún así, logran dificultarnos bastante la existencia.

-Y nunca ha habido menos hambre, menos mortalidad infantil, mayor esperanza de vida, menos guerras, menos enfermedades y menos analfabetos (hace doscientos años solo el 10 pc de la poblacion mundial sabía leer). Todo esto ha contribuido a reducir significativamente la desigualdad. Pero quieren hacernos creer que no, y que para erradicarla deben poner más cargas y trabas a la libre empresa (cuando esto provocaría justamente lo contrario).

El problema está en que caemos en la trampa, porque el discurso emocional gusta. Y entonces, con nuestra bendición, estos dramáticos nos dañan y encima los premiamos con subvenciones, cargos improductivos (muy bien pagados), viajes por el mundo (para seguir metiendo miedo), poder politico...y mucho figureo.

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