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En los tiempos de ahora impera el discurso de lo políticamente correcto. Esto es, lo que suena bien y todo el mundo debe repetir.

Es un discurso que apela al corazón (utilizando el drama y el miedo para conmoverlo), destierra el debate intelectual y el análisis racional, y promueve cosas como éstas:

-El planeta y la humanidad corren un grave peligro de extinción por el cambio climático. El ciudadano común debe pagar más impuestos para evitarlo. Un burócrata recibirá su dinero y desde su despacho se ocupará de “salvarlo”.

-Tenemos que ser solidarios con los inmigrantes y recibirlos a como dé lugar. A tal punto que puedan “ocupar” nuestras viviendas… y recibir un trato privilegiado ante la justicia cuando violan nuestras niñas… porque hay que entender lo que han pasado los pobrecitos. Hasta el papa Francisco los justificó cuando mataron los periodistas del Charlie Hebdo.

-Todos somos iguales, y jamás nos atreveremos a dar a entender lo contrario para no herir los sentimientos de los que no son tan agraciados, o buenos en matemáticas, o rápidos en sus labores, o astutos, o que no tienen un talento especial. En esta época el feo es lindo, y el bruto pasa de curso. Lo importante es que nadie se ofenda.

-Como han sido tan discriminados a lo largo de la historia (sin importar que eso haya cambiado) se asignarán cuotas para contratar por obligación a mujeres, negros y homosexuales (por el simple hecho de serlo, lo merecen. Da igual si califican o no para el puesto).

-La censura es recomendable como una protección estatal en los casos en que la libre expresión “se pase de la raya”.

Alineados a este discurso está la inmensa mayoría de periodistas, políticos, instituciones académicas y religiosas, líderes de opinión, activistas, actores, deportistas famosos, fashionistas, asociaciones varias, multinacionales, grandes tecnológicos… en fin. Prácticamente todo el que “influye”.

Muchos creen genuinamente en todo esto (quizá en una búsqueda desesperada de propósito de vida). A otros les gusta ser populares y reciben pagas y favores por repetir como papagayos lo que realmente no les convence.

Así pues, como “todos lo dicen”, y no pueden estar equivocados… simplemente se acepta y se ignora cualquier evidencia en contra.

Lo vimos claramente con el manejo de la pandemia. Se impuso un mismo sistema en todas partes, como proveniente de una ciencia irrefutable, y no se permitieron cuestionamientos disidentes (ni siquiera a los mismos científicos). Y así permitimos pacíficamente que nos encerraran, quebraran y dañaran nuestra salud mental y emocional…por un virus que deja vivo al 98 pc de los que contamina.

¿Con qué fuerza se atreve uno a desafiar a tanto influyente, si al mismo tiempo se ha instalado una cultura que no se detiene a escuchar argumentos, sino que simplemente acosa, insulta, se burla y destierra como “rosca izquierda” “loco” “radical” o “conspiranoico” a todo aquél que “observe un poco” y cuestione con sensatez algunas cosas?.

Qué pereza… la gente prefiere soltarlo y callarse. O hablar bajito entre los suyos. Y es que lo de ahora es una especie de nueva inquisición.

Mientras, se abre paso a una sociedad de alineados y sumisos, con el mismo y único pensamiento. Y todo este absurdo se impone. De manera irreversible.

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