La mayoría de los inventos surgen para facilitar la vida. El machete facilitó el trabajo; la bomba acortó el cargar cubetas; el teléfono acercó a los que estaban lejos. Entonces llegaron los “Buggies”… peculiar artefacto con motor, chasis y carrocería de tubos con techo. Pero el pobre vehículo no nació culpable, lo parieron para brincar zanjas, subir lomas, andar en camino de piedra, cruzar arroyos y embarrarse hasta el techo. Era un vehículo alegre, aventurero, casi campesino, hecho para conversar mientras atravesaba la naturaleza. Pero cayó en manos del dominicano del “mírenme”, que resulta un artista para convertir cualquier cosa sencilla en un espectáculo y en desvirtuar la esencia de todo lo que cae en sus manos. Aquí no basta tener un “bugui”, hay que hacérselo saber “a Villega y to el que llega”. El primer paso consiste en quitarle todo lo que el fabricante le puso para amortiguar el ruido propio del artefacto. Algún grupo de ingeniería dedicó tiempo y esfuerzos a diseñar un sistema de escape silencioso y vino un “tracendío” mecánico criollo y en 20 minutos lo eliminó. ¡Eso es eficiencia!, el resultado es un motor que no arranca: ¡Declara la guerra! Cuando se escucha de lejos, no se sabe si es un terremoto que viene rugiendo, un avión que despega o una brigada que tumba una loma. Las gallinas interrumpen su “postura”, a la gente se le aflojan los dientes, los perros le ladran al aire, los niños cierran las ventanas y los viejos preguntan: “Y ese etruendo… ¿qué fue?”. Nada compadre, un “bugui” calentando. Ya el escándalo del motor pasó de moda. Ahora viene la iluminación: algunos creen que mientras más bombillos de colores diversos, más potencia se le saca el motor. Luces verdes, amarillas, rojas, azules, “morás”.
Luces debajo del chasis, entre las gomas, en los amortiguadores, en el techo y también intermitentes como un arbolito de Navidad ambulante “juyéndole” a diciembre. En ocasiones te confundes creyendo que se trata de una ambulancia peleando con la muerte o un vehículo de bomberos que van a un encuentro con un incendio o que la policía le “tá cayendo atrá a un tíguere”. Y no se trata de ninguna urgencia oficial. Se trata de un muchacho que va a un colmado a comprar un refresco. Y aparece entonces el soberano de todos los accesorios: ¡¡la música!!… a niveles que que “atortojan” y desorientan y con bajos que retumban en el corazón y las entrañas. Esa música no se escucha. Se padece.
Lo curioso es que nadie presta atención a la letra porque lo importante no es la canción, sino que la escuchen a 3 kilómetros. Adentro del propio bugui, todo es escándalo y nadie puede conversar, lo que hace suponer que es un grupo que vive individualmente su propio mundo perturbador sin la satisfacción del “daño” conversado.
