Para los médicos dominicanos, el Código Penal va mucho más allá del miedo a una condena. Cambia la forma de ejercer la medicina, que deja de ser vista desde la perspectiva científica y ética y queda bajo un escrutinio penal más intenso. Antes, en los pueblos había una tranquilidad que hoy parece un lujo. Bastaba decir “juigan, llamen al Dotol”, para que “to el mundo repirara ma depacio”. Llegaba con un maletín de cuero más viejo que él mismo, pero traía algo hoy súper escaso: seguridad para decidir, con la confianza del que tiene abiertas las puertas y se daba cuenta de quien estaba enfermo y quien estaba “allantando”. Aveces rescataba la salud. En ocasiones la naturaleza se imponía, porque la medicina no fabrica milagros, pero nadie dudaba de que había hecho lo imposible. ¿Quien se atreve a certificar un deceso que ocurrió en una casa adonde el médico no estaba presente? Hoy el panorama es distinto. Lo curioso es que, junto con el paciente con diabetes, con el “pecho apretao” o una hemorragia, hay otro en el consultorio: el médico, “enfermo de miedo”. No aparece en análisis, ni en resonancia magnética, pero paraliza manos como cualquier padecimiento y dice el campesino que “el que tiene el avipero encima no epanta ni un moca”. Lo mismo pasa cuando sobre cada decisión comienza a revolotear una acusación penal. Aparece entonces una medicina que no se enseña en la universidad: la del “por si acaso”. Otro análisis, otra tomografía, otra consulta, otra firma, otro especialista, otro papel …”por si acaso”. En medicina, muchas veces, el que más pierde es al único que no tuvieron en cuenta los que produjeron este “código”: el paciente. Dice la máxima criolla que “el que mucho se cuida no avanza”. Las enfermedades no hacen fila, no conocen expedientes; el infarto no espera que aparezca el cardiólogo, ni da prórrogas.
El derrame cerebral no pregunta si ya firmaron el consentimiento, la hemorragia no conoce de audiencias ni tribunales y la muerte, esa vieja impuntual cuando no la llaman y puntual cuando nadie la quiere, que no sabe leer códigos, asoma. Fácil es juzgar una decisión meses después, en una oficina con aire y café humeante, entre abogados. Lo difícil es decidir en segundos, con los ojos de una familia encima y una vida que depende de cada movimiento. Hay que perseguir la negligencia y el paciente tiene derecho a la justicia, pero no puede ser que el mejor médico se convierta en el más temeroso, porque así, cuando este entra al consultorio, la confianza “se jondea por la ventana”. No es posible que el médico se quede frente al “récor” atendiendo “protocolos legales”, de espaldas al paciente. Desde ahora, en Emergencias, habrá más de un pulso acelerado porque el de los médicos cantará a dúo con el de pacientes.
El criollo dice: “er que se quema con leche ata er queso asopla”. Hace falta médicos valientes. Cuando un pueblo extraña el valor de quienes juraron salvar vidas, quizás no sea la medicina la que está enferma, es la sociedad la que necesita tratamiento y si hay dudas de si el médico se propone curar o no complicarse, entonces el que está en crisis es el sistema de salud.
