Cuando la basura vuelve…

En nuestra peculiar tierra antillana, de caliente trópico e inquieta naturaleza, el sol “pica” con confianza, la brisa actúa como si tuviera memoria y el agua no pide permiso para caer. Cuando se precipitan “burro aparejao”, cuando “se abre el cielo y “la mitá e’mucha”, culpamos a lo de arriba de lo que ensuciamos en la tierra. Aquí cuando llueve, “llueve de a’veldá” y lo hace con terquedad tropical que no negocia.

Culpamos: al drenaje, a la alcaldía (incluida la inocente progenitora del síndico) o al gobierno de turno. El criollo produce desperdicios con entusiasmo y los despacha con ligereza. En las lluvias de finales de marzo, los periódicos destacaron el papel protagónico de la basura en las inundaciones. Su “función vital”: tapar drenajes e imbornales y formar barreras en las pendientes naturales y correntías, diseñadas por la propia naturaleza. El agua empieza su camino obediente al desnivel y se empeña en romper lo mal construido y lo que se le oponga. El Mantenimiento y la Prevención son flores que no se dan en los Jardines criollos de la vida en común. El Descuido y el Olvido, en cambio, campean silvestres como la verdolaga. Vemos videos de las consecuencias, con ánimos de primicias y novedades, pero nunca de las manos que días antes arrojaron vasos, platos, “cantinas” que no se destruyen, justo adonde las aguas no fluyen, que se constituyen, junto a fundas y botellas, en “diques” artificiales. Hemos convertido las calles en extensión del zafacón. Pero sin su disciplina. El plástico, el gran facilitador de la vida del criollo de hoy, convertido en enemigo indestructible que no se disuelve ni se disculpa. A la calle, a la cuneta, al imbornal y luego de tapón al pozo o al alcantarillado como represa, que la paciencia de la lluvia no logra desaparecer y afecta el cúmulo de agua y más luego el desborde y los daños…Todo se convierte en un desastre, pero en desastre compartido. Y no se trata únicamente de infraestructura, se trata de costumbres. Se refiere a la ligereza con que se baja una ventanilla de un vehículo para arrojar un vaso a la calle, como si el asfalto tuviera obligado a tragárselo. Otra toma la iniciativa de formar un basurero en la esquina, confiando en que “alguien” vendrá a recogerlo y que siempre resulta “otro”. Así entre indiferencia y repetición vamos construyendo la próxima inundación que cuenta con el “olvido” de funcionarios (que muchas veces no funcionan), contrastando con “autoridades”, que resuelven para siempre. La Alcaldía del DN tiene eficientes equipos para limpiar imbornales con succión, pero no dan abasto frente a una población que poco coopera. La antigua vergüenza social del barrio señalaba al que tiraba basura en el frente ajeno. Seguimos creyendo que la basura “se va”: “tírala pa la calle”, “jondéala pa fuera”, “lálgala pa la cañá” que el agua nos la devuelve.

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