Mientras España veía por televisión a miles de marroquíes que llegaban a nado o caminando, a Ceuta, muchos dominicanos pensaron que ese era un problema europeo, lejano, que aquí no nos toca. Pero resulta que las fronteras tienen la costumbre de parecer distintas, hasta que un día nos decubrimos viviendo una historia parecida. Y la diferencia con la frontera de ese territorio, que es un pedacito de España sembrado en el norte de África, no está en el idioma ni la geografía. Está en que nosotros estamos a tiempo para aprender de la experiencia. Todo estaba bien a pesar de la presión migratoria, parecía manejable: unos cruzaban a trabajar, otros a comerciar, y otros, los más, buscaban un mejor destino y daba la impresión de que eso podía sostenerse indefinidamente. Así pasa aquí. Bastó que Marruecos relajara por unas horas los controles para que miles de personas cruzaran al mismo tiempo. La frontera dejó de ser una línea para convertirse en una avalancha humana, en imágenes que dieron la vuelta al mundo. La migración puede dejar de ser un problena social y económico para convertirse en medio de presión política entre estados. Y cabe el que las fronteras no se improvisan cuando la presión explota. La expresión de que “depué del palo dao no vale sobase” se aplica, al igual que lo de las barbas del vecino y el remojo. Somos muy dados a creer que “eso así, aquí no pasa” y junto con el “Ná e ná” nos hace dejar las cosas para después, no mirar el futuro con ojo previsor y suponer que en la tierra de mariasantísima eso no puede suceder…hasta que pasa. Los problemas no se resuelven solos. Se resuelven con voluntad política o lo resuelve la realidad. Y la experiencia de Ceuta lleva a la previsión de que aún con las enormes diferencias entre esa peculiar frontera y la nuestra, puede pasar. Nadie puede obligar al Estado Dominicano a que renuncie a su capacidad de decidir quien entra a su territorio, bajo qué condiciones sostiene, con sus propios recursos, a los que entran y aceptarlos como carga. Intereses foraneos han presionado por decenios con el pretexto de la xenofobia, el discrimen y la apatridia, pero seguimos siendo un país soberano y dueño de sus decisiones. Compasión y soberanía no son enemigas. La primera pertenece al corazón; la segunda al Estado y cuando se confunden ambas, todos salimos perjudicados. Esa es otra lección que Ceuta deja. El campesino sabe que “el mejor momento para reparar la cerca nos es cuando el ganado se ha salido del potrero”. Las fronteras no se deterioran de golpe, se desgastan lentamente con pequeñas concesiones, con decisiones postergadas, leyes que no se aplican y controles que se aflojan y con nuestro optimismo ingenuo que nos hace creer que los problemas se arreglan solos. Las naciones, igual que las familias no se sostienen a fuerza de discursos sino por la prudencia de sus decisiones.
