Quizá porque se trata de una asamblea que congrega a los principales líderes del mundo se esperaba una profusión de discursos que promovieran la autodeterminación de los pueblos, la solidaridad, la cooperación y la primacía de los derechos humanos, en cambio abunda la retórica hueca, la poca cordura, las amenazas de confrontación y el desenfado verbal de potencias nucleares en el ruedo con lenguaje guerrerista y olímpico desprecio por la vida. Lo que se ha visto allí es un mundo sin líderes reales, a un tris, acaso solo a un estornudo de la hecatombe, que no dista mucho del mundo loco expresado en aquella película cómica (Stanley Kramer, 1963) en la que la ambición provoca una alocada carrera por el botín, mediada por la codicia, la agresividad y la competencia.
