Cambiar de opinión

Hay quien cree que cambiar de opinión es una forma de traición. Como si el pensamiento fuera una piedra clavada en el suelo, algo que se coloca una vez y se deja ahí para siempre. Pero el ser humano no es una piedra. El ser humano camina. Y mientras camina, aprende. La experiencia tiene una costumbre incómoda: desordena las certezas.

He visto a muchas personas cambiar de ideas políticas. Algunos lo hacen por conveniencia. Eso existe y no es raro. La política ofrece premios: un cargo, un puesto, una invitación a la mesa donde se toman decisiones. Hay quien cambia de bando con la misma naturalidad con la que cambia de asiento cuando el tren se detiene. Pero no todos los cambios nacen del interés.

A veces nacen de algo más difícil: la conciencia. La vida obliga a revisar lo que uno cree. Un joven puede abrazar una idea con pasión. Cree en un partido, en un líder, en una promesa de justicia. Lo hace con honestidad, con esa fe limpia que todavía no ha sido golpeada por demasiadas decepciones.

Pero el tiempo pasa. Y la realidad, que tiene paciencia infinita, empieza a hablar.

No habla fuerte. No hace discursos. Simplemente muestra hechos. Aparecen las contradicciones. El partido que prometía transparencia comienza a ocultar errores. El que hablaba de justicia se vuelve indulgente con la corrupción. Las palabras siguen ahí, intactas, pero los actos empiezan a ir por otro camino. Entonces aparece la pregunta incómoda. ¿Qué hace una persona honesta cuando el lugar donde puso su confianza deja de parecerse a lo que prometía? Muchos prefieren no mirar demasiado. Defender lo indefendible puede resultar más fácil que admitir una decepción. El grupo ofrece protección. La identidad política da sentido de pertenencia. Cambiar, en cambio, tiene un precio. Al que cambia lo miran con sospecha. Lo llaman traidor. Lo llaman oportunista. Lo llaman tránsfuga. Es curioso: en política, a veces se castiga más al que cambia de opinión que al que se equivoca durante años sin reconocerlo.

Pero existe otra posibilidad. Tal vez esa persona simplemente decidió pensar. Las ideas políticas no deberían ser estatuas. Deberían parecerse más a herramientas: sirven mientras ayudan a entender la realidad. Cuando dejan de hacerlo, necesitan ajustarse. Si las ideas permanecen inmóviles mientras la realidad cambia, dejan de ser ideas y se convierten en dogmas.

Y el dogma suele ser una forma elegante de pereza. En muchas sociedades ocurre algo inquietante. La corrupción parece tolerarse con facilidad. La honestidad, en cambio, provoca incomodidad. El que hace preguntas estorba. El que señala errores rompe la calma. En ese ambiente, la fidelidad absoluta a un partido puede terminar pareciéndose demasiado a la complicidad. Los partidos también cambian. Nacen defendiendo principios y, con el tiempo, empiezan a negociar con ellos. Prometen transformación y terminan administrando lo mismo que criticaban cuando no estaban en el poder. Cuando eso ocurre, no siempre es el ciudadano quien abandona sus ideas. A veces son las ideas las que abandonaron al partido.

Sin embargo, la política suele preferir la lealtad ciega. Un militante que obedece sin preguntar resulta más cómodo que uno que piensa. Pero las sociedades no avanzan gracias a la obediencia. Avanzan gracias a quienes se atreven a revisar lo que creen.

Cambiar de opinión no siempre es señal de debilidad. A veces es lo contrario. A veces significa que alguien ha decidido ser fiel no a una sigla, sino a ciertos principios.

La justicia. La honestidad. La dignidad. Esos principios no pertenecen a ningún partido. Y cuando un partido se aleja de ellos, quedarse por costumbre no es lealtad. Es resignación. Demuéstrame que estoy equivocado…

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