El dedo de Alofoke

Lo más grave no es lo que dice Alofoke, sino que haya políticos que lo escuchan como si estuviera hablándoles un oráculo moderno.

Santiago Matías, Alofoke
Santiago Matías, Alofoke

Escuché en YouTube a Santiago Matías decir que en la próxima elección no será candidato, pero que tiene suficientes seguidores para, con un dedo, decidir quién será el presidente de 2028. Lo dijo con la seguridad de quien se mira en el espejo cada mañana y ve un personaje que él mismo ha creado, un superhéroe de barrio con micrófono y gorra. Lo curioso no es que lo diga, porque Matías siempre habla como si el país fuera la Casa de Alofoke, y él tuviese los derechos de transmisión. Lo curioso es que haya quien lo crea.

Me pregunto dónde está la influencia de ese joven que habla distinto, se viste distinto y arma sus programas como si fueran una esquina digital. Conecta con una parte de la sociedad que vive en ráfagas de quince segundos, una sociedad que pasa más tiempo desplazándose con el dedo que pensando con la cabeza. ¿Quién tiene que revisarse: la sociedad que aplaude cualquier ruido que le entretenga o Santiago Matías, que se presenta como quien le dicta el menú del día al país?

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En mis tiempos, cuando los programas de televisión todavía tenían algo de solemnidad, nadie se atrevía a decir que iba a incidir en un proceso electoral. Al menos no así, tan de frente, tan sin pudor. Había influencia, claro, pero venía envuelta en una seriedad que a veces era fortalecida, aunque mantenía la decencia de no presumir del poder. Aquellos presentadores entendían que el país es una conversación larga, no un grito con eco.

Ahora todo es distinto. Alofoke aparece con esa naturalidad de quien está cómodo en su personaje. Se mueve entre políticos como si fueran invitados de una fiesta donde él es el DJ. Y ellos, obedientes, sonríen, se sientan y contestan. Se dejan medir por un termómetro que no saben si es real, pero que temen ignorar. Porque en este país, donde los votos siempre fueron una mezcla de buena memoria y mala necesidad, la idea de una audiencia inmensa se vuelve un milagro de supermercado. Si alguien dice que tiene millones de seguidores, entonces tiene poder. Aunque no sepamos si esos millones existen, escuchan o votan.

El país todavía no es un país idiotizado. A veces parece distraído, pero no tonto. Sabe distinguir, aunque lo haga tarde. Lo más grave no es lo que dice Matías, sino que haya políticos que lo escuchan como si estuviera hablándoles un oráculo moderno. Que cometan el error, incluso, de tomarle el teléfono. Ese gesto lo dice todo. No es él quien tiene el poder. Es el miedo de ellos a no tenerlo.

Uno piensa entonces qué le está pasando a este muchacho. Tal vez nada. Tal vez solo es un joven que aprendió a manejar el ruido y entendió que en este tiempo el ruido es moneda. El problema es cuando la moneda empieza a usarse como si fuera autoridad. El dedo que él dice tener puede mover audiencias, pero el país es otra cosa. Es más terco, más viejo, más complejo. No se gobierna con clics, ni se decide un futuro con un gesto ante la cámara.

El 2028 está lejos. Los dedos pasan. Los presidentes no deberían depender de ellos. Y si algún día dependieran, entonces no sería por culpa de Santiago Matías, sino por quienes, por miedo a perder votos, olvidaron que un país serio no le rinde cuentas a un influencer, sino a su gente.

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