En Santo Domingo la prisa ha terminado por deformar el alma de la ciudad. Cada esquina parece una disputa contra el tiempo, cada conversación una transacción agotada antes de comenzar. La gente corre, habla de negocios, calcula pérdidas y beneficios, mientras las cosas verdaderamente importantes desaparecen sin escándalo. Entre esas pérdidas silenciosas está el hábito de leer, esa antigua costumbre que alguna vez permitió a los hombres soportar la soledad y entender un poco mejor la tristeza del mundo.
Por eso pienso en Juan Carlos Toral mientras él organiza en este mes de mayo el Festival del Libro Infantil en Cristo Rey. Hay en su empeño algo admirable, como sucede con todos los hombres que dedican su vida a causas incapaces de producir dinero o prestigio. Toral insiste en reunir niños alrededor de los libros con una obstinación que recuerda a ciertos personajes quijotesco de la novela europea, hombres conscientes de que probablemente fracasarán y que, aun así, continúan avanzando.

Hace apenas unos días logró congregar a cientos de muchachos en medio de un barrio demasiado acostumbrado al abandono. Lo consiguió sin ayuda, sostenido únicamente por su voluntad, y su paciencia y una fe obstinada en la literatura. Desde niños compartimos caminos en el sur, tardes lentas de polvo, calor y conversaciones ingenuas bajo los árboles. Nunca imaginamos entonces que los libros terminarían convirtiéndose en una forma de resistencia contra el olvido.
Ahora veo las fotografías del festival y siento una mezcla de culpa y de admiración por no estar ahí con él.
En un chat común, Toral me dejó caer una frase breve que bastó para recordarme mi ausencia. No hizo reproches. No necesita hacerlos. Yo, que tantas veces escribo sobre el abandono cultural y la indiferencia del Estado hacia la lectura infantil, permanecí lejos, escondido detrás de obligaciones corrientes y excusas.
Entonces comprendí algo desagradable sobre nosotros mismos. Exigimos bibliotecas, programas culturales y grandes políticas públicas, pero no somos capaces de dedicar una tarde a leer un cuento en un barrio pobre. Hablamos del porvenir nacional mientras evitamos los gestos mínimos que podrían modificar la vida de un niño concreto.
Las imágenes del festival poseen una alegría melancólica. Hay mesas cubiertas de colores, libros abiertos, niños sorprendidos descubriendo historias por primera vez. Sin embargo, en ninguna fotografía aparece el cansancio de quien organiza todo solo, ni la fatiga secreta de insistir en la cultura dentro de un país donde la frivolidad suele recibir más atención que la inteligencia.

Toral ha continuado adelante con una serenidad casi heroica. Mientras tantos funcionarios hablan de cultura desde oficinas cómodas y discursos vacíos, él recorre las calles de Cristo Rey repartiendo libros infantiles como quien distribuye pan durante una larga escasez.
Quizás mañana esos niños olviden al doctor Toral. Pero alguno recordará que una tarde abrió un libro por primera vez y descubrió, en silencio, que su vida merecía ser narrada.
Tal vez ahí resida la verdadera importancia de estos esfuerzos modestos y anónimos. Este país no se salvará únicamente con carreteras, edificios o estadísticas económicas. También necesita hombres como Juan, capaces de proteger la imaginación de los niños antes de que el miedo, la pobreza o la costumbre terminen por destruirla. La infancia dominicana vive rodeada de ruido, violencia y desesperanza. Frente a eso, un libro puede parecer un objeto insignificante. Sin embargo, sigue siendo una de las pocas cosas capaces de ofrecer refugio, lucidez y una sensación de dignidad en medio del desorden contemporáneo.
Demuéstreme que estoy equivocado.
