Este fin de semana me quedé con una imagen sencilla, pero poderosa. Un video, quizá grabado en París durante el verano, mostraba a la gente leyendo. Nada extraordinario a primera vista: personas sentadas en un parque, otras de pie en el metro, algunos en un autobús, varios en cafés. Jóvenes, adultos, mayores.
Cada uno, con un libro en las manos, como si fuera parte natural del paisaje.
He estado varias veces en París y esa escena no me resultó ajena. Es una costumbre. No se exhibe como algo especial ni se celebra como evento. Simplemente ocurre. La lectura forma parte de la vida cotidiana.
Luego miré hacia lo nuestro, lo cercano. En esta pequeña isla y lo que vi en las redes y en YouTube fue otra cosa. Políticos y figuras públicas repartiendo habichuelas con dulce, visitando balnearios, carreteras llenas de vehículos y alguna que otra imagen religiosa. Nada de eso es malo en sí mismo. Son tradiciones, costumbres, expresiones de identidad. Pero hay una ausencia que pesa: no vemos una costumbre visible de lectores.
El Estado tiene tiempo sin proyectar esa imagen. Y las imágenes importan. Educan sin decir una palabra. Forman aspiraciones. Marcan lo que se considera valioso.
Sé que hay excepciones en los políticos. Funcionarios que leen, aunque sean pocos. Ahí están nombres como Raquel Peña, Guido Gómez Mazara, Roberto Ángel Salcedo, Eduardo Sanz Lovatón y Víctor Ito Bisonó, de quienes se comenta que sacan tiempo para leer. Pero son casos puntuales, no una corriente.
En la Fuerza del Pueblo, su líder Leonel Fernández ha sido siempre un hombre de libros. Eso se refleja en su discurso, en su manera de argumentar. No es casualidad. La lectura se nota. Forma criterio, amplía el lenguaje, ordena las ideas.
En contraste, hay figuras jóvenes como Omar Fernández que todavía tienen una tarea pendiente: prepararse más a fondo. En política no basta con presencia ni con ruido. Se necesita sustancia. Y la sustancia, muchas veces, se construye leyendo.
Esto no es un problema exclusivo de la política. También en el sector empresarial la lectura no es precisamente una bandera visible. He conocido excepciones valiosas: Pepín Corripio, Manuel Corripio, Manuel Estrella y Ligia Bonetti. Personas que entienden que leer no es perder el tiempo, sino ganarlo con inteligencia.
Siempre hemos sido así, se dice con frecuencia. Pero no es del todo cierto. Ni fuimos mejores antes ni estamos condenados a seguir igual. Las culturas cambian cuando cambian los hábitos, y los hábitos cambian cuando alguien decide impulsarlos.
Por eso, más que una crítica, esto es una invitación. Los días de asueto no tienen que ser solo para desconectarse. También pueden ser una oportunidad para encontrarse con un libro. No importa cuál. Lo importante es empezar.
El Estado podría hacer más. Promover la lectura de forma visible. Mostrar a sus líderes leyendo. Crear campañas que no se queden en discursos, sino que generen ejemplo. Porque cuando una sociedad lee, algo cambia. Mejora la conversación pública. Se elevan las expectativas. Se afinan los criterios.
Quizá entonces, en algún futuro cercano, veamos nuestras propias imágenes: gente leyendo en un parque, en un autobús, en un café. Y no nos parecerá extraño. Nos parecerá normal. Como debería ser.
Quizás me equivoque…
