No recuerdo si el libro se llamaba El poder enfermo o La enfermedad del poder. Quizá da igual. El título era lo de menos. Lo importante era la idea: los presidentes también se enferman, pero no siempre de lo que dicen los médicos. A veces es algo más difícil de detectar. Algo que no aparece en análisis ni en radiografías. Se les mete dentro y les cambia la forma de mirarlo todo.
Cuando leí ese libro, en América Latina la enfermedad más común no era un virus ni una bacteria. Era la reelección. Esa insistencia en quedarse. En repetir. En no soltar la silla, aunque ya esté gastada. Como si el poder no tuviera fecha de caducidad, o como si el país fuera una casa prestada que nadie quiere devolver.
Siempre pensé que gobernar debía parecerse a una visita: llegar, hacer lo que se pueda con decencia, y marcharse a tiempo. Cinco o seis años, no más. Lo suficiente para no acostumbrarse demasiado al sonido de los aplausos ni al silencio cómodo de quienes ya no contradicen. Porque el poder, cuando se alarga, empieza a deformar. Primero suavemente, luego sin disimulo.
En el país donde vivo, los presidentes no solo gobiernan: se enferman. Y la enfermedad tiene síntomas reconocibles. Empiezan hablando en plural, siguen creyendo que son imprescindibles y terminan convencidos de que sin ellos todo se derrumba. Es una fiebre rara: cuanto más sube, más seguros se sienten.
A veces me pregunto si esto tiene que ver con la historia. Con las dictaduras que dejaron la idea de que el presidente no es un ciudadano con responsabilidades, sino una figura casi divina. Un hombre solo en la cima, bajado de algún Olimpo tropical, rodeado de respeto que se parece demasiado al miedo.
Pero el poder, si quiere ser sano, tendría que ser lo contrario. Discreto. Limitado. Casi humilde. Un presidente debería poder caminar por la calle sin sentirse dueño de ella. Debería poder irse sin que parezca una tragedia.
Quizá la verdadera cura no esté en los presidentes, sino en nosotros. En dejar de mirarlos como salvadores. En recordar que gobernar no es quedarse, sino saber irse a tiempo.
Demuéstrame que estoy equivocado…
