La pelea de Leonel y Danilo

El pleito entre Leonel Fernández y Danilo Medina ya no pertenece a la política. Pertenece a otra cosa más íntima, más áspera, más aplatanada. Hay disputas que comienzan por ideas y terminan por orgullo. Esta empezó por el poder y acabó convertida en una batalla de supervivencia. Ninguno quiere desaparecer. Ninguno soporta la idea de ver al otro contando la historia final.

De cara al 2028, el conflicto no será solamente electoral. Será emocional. Si Leonel regresa al Palacio Nacional, la Fuerza del Pueblo terminará absorbiendo al Partido de la Liberación Dominicana hasta dejarlo convertido en un recuerdo de gobierno, una nostalgia de militantes envejecidos y oficinas vacías. Y si el PLD logra resistir y Leonel vuelve a perder, entonces Danilo y los suyos sentirán que cobraron aquella derrota del 2020, la herida que todavía sangra detrás de los discursos disciplinados.

Lo más triste es que ambos caminaron juntos durante décadas. Compartieron maestro, estrategia, consignas y silencios. Juan Bosch los moldeó como discípulos de una maquinaria política que alguna vez creyó en cuadros, formación y doctrina. Hoy cuesta encontrar algo de aquello. Los dos parecen hombres atrapados en un álbum de agravios. Cada paso que dan activa una mina enterrada por recuerdos viejos, traiciones acumuladas, palabras dichas en voz baja y repetidas después por los entornos, que son siempre los verdaderos incendiarios de la política.

En esta pelea no aparece el país. No aparecen los salarios bajos, la inseguridad ni los jóvenes que miran la política como quien observa una película repetida. Aquí solamente sobreviven los rencores. El resentimiento tiene mejor memoria que la ideología. Por eso ambos sectores se dedican más tiempo a recordar ofensas que a discutir proyectos nacionales. Los leonelístas tienen su relato. Los danilistas también. El problema es que los dominicanos todavía esperan el suyo.

El sistema partidario terminó corrompido por la lógica de la permanencia. Ya no se lucha por transformar el país, sino por conservar estructuras, financiamiento y cuotas de poder. La fórmula parece sencilla: conquistar el Estado o sobrevivir gracias a los recursos que entrega la Junta Central Electoral. En medio de eso, las ideas quedaron reducidas a decoración de campaña.

Mientras tanto, el PRM observa. Y aprende. Aprende que una oposición dividida puede regalarle más años de gobierno que cualquier discurso brillante. La historia política dominicana está llena de partidos destruidos por sus propios odios internos. El viejo partido de Balaguer es una escuela de rencores.

Quizá antes del 2028 no ocurra nada extraordinario. Tal vez continúen las indirectas, los reproches y la guerra fría interminable. Porque el rencor, cuando envejece mal, suele durar más que las convicciones. Y la democracia dominicana, agotada de caudillos heridos, sigue esperando dirigentes capaces de entender que un país nunca puede ser menos importante que una pelea personal.

Da la impresión de que la generación política del siglo pasado no entendió nunca la necesidad del relevo ni de la madurez democrática. Siguen actuando como si el país fuese una finca donde cada desacuerdo merece castigo. Y, sin embargo, afuera de los partidos hay una sociedad cansada, menos sentimental y más práctica. Una sociedad que observa estas disputas con ironía, como quien escucha a dos socios discutir por una empresa quebrada. Tal vez por eso tantos ciudadanos ya no votan por esperanza, sino por costumbre, miedo o resignación a un escenario que parece condenado a repetirse.
Demuéstrame que estoy equivocado.

Posted in DE UNA SENTADA, OpinionesEtiquetas

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas