La tercera vía en el PRM

En política, la sucesión comienza antes de que termine el gobierno. No porque exista una candidatura definitiva, sino porque los partidos saben que el tiempo electoral avanza mientras todavía deben gobernar. Ese será uno de los desafíos de Luis Abinader: conducir el país, preservar autoridad y evitar que la competencia por 2028 fracture al PRM.

La conversación pública ha colocado a David Collado y Carolina Mejía entre los principales nombres del oficialismo. Sin embargo, una disputa reducida demasiado pronto a dos polos deja fuera dirigentes, estructuras territoriales y sectores económicos que todavía no han decidido dónde colocarse. Ahí podría surgir una tercera vía.

Las cifras conocidas también aconsejan prudencia. Las preferencias internas pueden concentrarse alrededor de un nombre durante una etapa y modificarse cuando cambian las alianzas, la exposición pública o las reglas del proceso.

Ningún dirigente debería confundir una fotografía temprana con el desenlace de una competencia que todavía no ha entrado en su fase decisiva. Precisamente por eso los espacios no ocupados pueden adquirir valor político conforme avance el calendario partidario dentro de una organización gobernante actual.

Y esa tercera vía podría organizarse alrededor de Raquel Peña.

La vicepresidenta ocupa una posición singular. Acompaña a Abinader desde 2020, conoce el Estado, ha mantenido vínculos con sectores empresariales, académicos y sociales y, hasta ahora, no ha transformado públicamente su presencia institucional en una candidatura presidencial formal. Esa condición le permite conservar margen.

Una eventual candidatura de Peña podría atraer a dirigentes que no deseen quedar absorbidos por los proyectos más visibles. José Ignacio Paliza, Guido Gómez Mazara, Wellington Arnaud, Víctor Ito Bisonó y otros cuadros nacionales o territoriales podrían encontrar allí un espacio común si coinciden intereses, tiempos y objetivos.

No tendrían que reunirse por afecto. Maquiavelo explicó hace siglos que las alianzas políticas responden a intereses, necesidades y circunstancias. Funcionan cuando quienes participan descubren que juntos disponen de mejores condiciones para disputar el poder que actuando separados.

Pero esa tercera vía cometería un error si naciera solamente para frenar a Carolina Mejía o David Collado.
Tendría que construirse para ganar.

Eso exige algo más que nombres. Requiere organización territorial, recursos, coordinación, equipos, discurso, capacidad de movilización y una candidata dispuesta a asumir riesgos. Raquel Peña tendría que abandonar la comodidad de ser mencionada y decidir si quiere encabezar un proyecto presidencial con identidad propia.
Su aparición también modificaría la posición de Abinader.

Con dos bloques dominantes, cualquier gesto presidencial puede interpretarse como respaldo a uno de ellos. Con tres fuerzas competitivas, el presidente dispondría de mayor margen para arbitrar, exigir reglas, preservar equilibrios y evitar que la lucha interna termine debilitando al partido.

Ese punto resulta decisivo.

El PRM no solamente tendrá que escoger una candidatura. También deberá conseguir que quienes pierdan acepten el resultado, permanezcan dentro de la organización y participen después en la campaña general. Una primaria puede producir un ganador y dejar, al mismo tiempo, una fractura difícil de administrar.

Por eso una tercera vía podría ampliar la competencia y ofrecer representación a sectores que hoy no encuentran acomodo pleno en los proyectos dominantes.

Pero todo dependerá de Raquel Peña.

Ser mencionada no basta. Tendría que decidir, organizarse, recorrer territorio, construir alianzas y asumir una voz política propia.

Si lo hace, la sucesión dejaría de girar alrededor de dos polos.

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