Golpear la mesa, a veces, también es una forma de defender lo que se considera justo. En política los gestos fuertes nacen del atropello; muchas veces nacen del cansancio, de la indignación o de la necesidad de dejar claro que hay límites. Lo ocurrido este fin de semana en Espaillat puede leerse de otra manera: como la reacción de quien entiende que a Carlos Gómez se le quiere maltratar políticamente y decidió advertir que no todo se acepta en silencio.
Porque en Espaillat hay una percepción cada vez más extendida: que a Carlos Gómez se le intenta maltratar justo cuando está en sus mejores momentos políticos. Y eso, además de injusto, puede resultar un grave error estratégico. No se entiende que un dirigente con altos niveles de simpatía, reconocimiento público y capacidad electoral sea tratado como un obstáculo en vez de como una fortaleza. En cualquier organización seria, los activos se protegen. En el PRM de Espaillat da la impresión de que algunos prefieren desgastarlos.
Carlos Gómez no apareció por casualidad en la política provincial. Construyó su espacio con trabajo constante, presencia territorial y vínculo directo con la gente. Cuando la candidatura senatorial no era una posición sencilla ni atractiva, la asumió y la convirtió en una plaza competitiva. Eso debería tener valor. Y también memoria en el electorado, que suele recordar quién dio la cara cuando otros solo observaban desde la distancia.
Se le pueden discutir estilos, decisiones o silencios, como a cualquier figura pública. Lo que cuesta más discutir son los resultados. Y en política, los resultados pesan más que cualquier comentario de pasillo. Espaillat sabe quién ha mantenido vigencia sin depender del aparato estatal ni del ruido oficial. Por eso sorprende que, en vez de fortalecerlo, algunos sectores parezcan empeñados en erosionarlo.
También asoma una vieja tentación dominicana: creer que los cargos públicos incluyen el derecho de escoger sucesores como si fueran herencia familiar. Cada vez que esa idea aparece, la ciudadanía la detecta con rapidez. La gente puede tolerar muchas cosas, pero no le gusta sentirse administrada como si fuera propiedad privada. Las provincias no tienen dueño, y los votos mucho menos.
Si desde posiciones de influencia se intenta imponer candidaturas por vínculos personales antes que por méritos reales, se abre una herida innecesaria dentro del propio partido. Y cuando los partidos se dividen por ambiciones pequeñas, terminan perdiendo activos grandes. Carlos Gómez hoy representa uno de esos activos. Debilitarlo por cálculos internos sería una imprudencia con consecuencias electorales.
Los partidos no siempre pierden por grandes escándalos. A veces pierden por soberbias acumuladas. Por subestimar al dirigente que conecta con la calle. Por creer que una llamada resuelve lo que ya se dañó en los barrios. Por confundir autoridad con imposición. Y por no entender a tiempo dónde está el verdadero liderazgo.
El PRM todavía está a tiempo de corregir. Escuchar a Espaillat, ordenar sus prioridades y comprender que no todo se decide desde un escritorio en la capital. Hay territorios donde la gente vota por nombres concretos, por trayectorias visibles y por relaciones construidas durante años.
Carlos Gómez merece respeto político, no maltrato interno. Y quien no entienda la percepción que hoy existe en la provincia puede descubrirlo demasiado tarde, cuando llegue la noche electoral y ya no sirvan los discursos ni las explicaciones urgentes. Porque al final, la gente siempre termina hablando con votos.
Demuéstrame que estoy equivocado…
