Manténgase lejos de los tibios

Estando en Honduras, la embajadora de Colombia me regaló un libro de Juan Manuel Roca que llevaba por título una advertencia que parecía más bien una orden militar: “Manténgase lejos de los tibios”. Lo acepté como se aceptan los libros que uno no sabe si leerá. Con cortesía diplomática y una sonrisa que no compromete. Y al abrirlo no encontré solo páginas, encontré caras.

Los tibios no tienen temperatura propia. Se adaptan al clima. Si hace frío, se abrigan. Si hace calor, se desnudan. Si conviene aplaudir, aplauden. Si conviene callar, se vuelven mudos profesionales. No ofenden nunca, pero tampoco defienden. Y uno tarda años en entender que esa neutralidad elegante no es prudencia: es comodidad con buena reputación.

Mientras leía, me llegaron varios rostros. Amigos, políticos, empleados públicos, intelectuales. Personas que han hecho del equilibrio una estrategia de supervivencia. Gente que sonríe igual cuando te abraza que cuando firma tu condena moral en una cena discreta. Repetía en mi cabeza la frase del título como quien se da un consejo que sabe que no va a cumplir del todo.

Hay amigos por los que uno se la juega. Sin calcular consecuencias. Sin revisar encuestas. Sin preguntar cómo caerá el comentario. Y hay otros que, cuando llega el momento, miran el reloj. No porque no te quieran, sino porque quieren más su tranquilidad. Si por casualidad un escrito afecta una relación suya, aunque muchas veces les hayas servido a través de terceros, se enojan. No por la verdad, sino por el precio social de esa verdad.

La tibieza se disfraza de equilibrio, de sensatez. Habla en tono bajo y usa palabras como contexto y matiz.

Parece adulta. Pero en la amistad no existe el doble juego. O se es amigo o no se es. No hay punto medio que no sea una forma elegante de traición pequeña. Y las traiciones pequeñas, repetidas, terminan escribiendo una biografía entera.

Recuerdo una escena que siempre me gustó. Guido iba a mi oficina legal, en aquellos años en que uno todavía creía que la lealtad era una virtud compartida. Cuando se hablaba de un amigo y surgía una acusación, el joven consultor legal decía: “En el tribunal de mi corazón todos mis amigos son inocentes”.

El derecho puede esperar; la amistad no siempre tiene esa paciencia.

Con la amistad no se debe tener tibieza. Es al contrario: el amigo no puede cambiar por conocidos cuando sopla otro viento. No puede volverse prudente justo cuando tú necesitas que sea imprudente por ti. No puede convertirse en analista cuando lo que hace falta es un compañero que se siente a tu lado aunque el suelo queme. La tibieza es una forma sofisticada de distancia.

Escribir con la conciencia clara no siempre agrada. A veces incomoda. A veces molesta a quienes preferirían que la amistad funcionara como un seguro contra la crítica. Pero la amistad no es censura. Si un amigo te pide que calles por conveniencia, no te está pidiendo lealtad; te está pidiendo silencio.

Los amigos pueden discutir ideas, rebatirlas, incluso detestarlas. Pero no silenciarlas por cálculo. Cuando la amistad depende del aplauso permanente, deja de ser amistad y se convierte en alianza táctica. Y las alianzas tácticas duran lo que dura la utilidad.

Mantenerse lejos de los tibios no significa vivir en guerra. Significa elegir. Preferir la franqueza a la comodidad. Aceptar que habrá menos gente en la mesa, pero más verdad en las conversaciones. Y al final, cuando todo pase, solo quedará eso: quién estuvo cuando no era rentable estar.

Demuéstrame que estoy equivocado…

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