Volví a Barahona para terminar mi última novela. Creí que el aire del sur me daría una verdad más firme que la memoria. Quería ver si la nostalgia exageraba, si el pasado había sido un refugio inventado. Pensé que bastaría con caminar para reconocerlo todo. Me equivoqué.
Desde el primer día me sentí un extranjero. No por el acento, que seguía siendo mío, sino por las miradas que no me devolvían nada. No conocía a nadie. Mis amigos se habían marchado sin dejar señales. El parque central ya no era el lugar donde aprendí a esperar. Estaba ahí, pero vacío, como una idea repetida demasiadas veces. Los cines cerrados parecían ojos que habían decidido no mirar más.
El ingenio azucarero era un cuerpo abandonado. Un fantasma de la privatización, de promesas hechas sin rostro. Pasé frente a él y entendí que algunas ruinas no pertenecen al pasado, sino al presente. Las calles, rotas por la minería, obligaban a caminar despacio. Cada paso era una advertencia. El polvo blanqueaba las casas y hacía del pueblo un lugar pálido, con la mar al final como una salida que nunca se alcanza.
La pobreza estaba en los ojos de los niños. No era escandalosa. Era constante. Eso la hacía más dura. Me pregunté cómo será que el turismo atravesará estas calles camino a Pedernales, hacia la Bahía de las Águilas, sin detenerse. Tal vez el paisaje funciona mejor cuando no se mira de cerca.
Caminando en Barahona, sentí que veía a Sísifo en cada persona. Hombres, niños, y mujeres empujando su día cuesta arriba, sin esperanza de llegar, pero sin dejar de hacerlo. No había heroicidad. Solo persistencia. Comprendí entonces que lo incomprensible no es una idea lejana. Vive aquí, en la repetición, en la falta de respuestas de los gobiernos.
Regresar no me devolvió nada. Me quitó certezas. Sin embargo, fue necesario. Escribo mejor desde esta incomodidad. Porque solo cuando uno acepta que ya no pertenece del todo, empieza a mirar con claridad. Y quizá escribir sea eso: aceptar la condición de extranjero, incluso en la propia tierra. En mi patria chica.
Demuéstrame que estoy equivocado…
