Este fin de semana, mientras veía las actividades de quienes aspiran a la Presidencia, me hice una pregunta bastante sencilla: ¿están preparados para gobernar el país que encontrarán? No el país de las fotografías, las caravanas, los discursos y las encuestas. Me refiero al país verdadero, al que trabaja, paga impuestos, busca empleo, educa hijos, monta empresas, espera justicia y llega cada noche a su casa preguntándose qué ocurrirá mañana.
Tenemos un país empresarial que necesita reglas claras, seguridad jurídica y funcionarios que entiendan que crear empleos requiere confianza. Tenemos una clase media que creció y ahora exige mejores servicios, educación, transporte, salud, seguridad y administraciones públicas eficientes. Esa clase media paga impuestos y empieza a cansarse de recibir menos de lo que aporta.
Y los pobres no necesitan políticos que los visiten cada cuatro años llevando fundas, promesas y abrazos. Necesitan oportunidades para dejar de ser pobres. Necesitan escuelas buenas, empleos dignos, hospitales que funcionen y condiciones que permitan a sus hijos avanzar sin depender de un dirigente político.
La gente quiere caminar tranquila, llegar a casa sin miedo y encontrarse con una Policía respetable cuando necesite ayuda. Reformar la Policía no puede continuar siendo una frase repetida por cada gobierno. Hay que formar agentes, pagarles adecuadamente, exigir disciplina y construir una institución que inspire respeto sin provocar temor.
Sobre justicia quisiera escuchar mucho más a los presidenciables. Quiero saber quién está dispuesto a mantener las manos de los partidos lejos de los tribunales. Un país donde un ciudadano sospecha que una llamada política puede modificar una decisión judicial tiene un problema que ninguna campaña publicitaria puede resolver.
Quiero conocer qué piensan quienes aspiran a gobernarnos sobre la educación de los próximos veinte años, sobre inteligencia artificial, empleos, agua, energía, seguridad social, pensiones, vivienda, seguridad ciudadana y desarrollo regional. Quiero saber qué República Dominicana imaginan y cómo pretenden construirla.
No me interesa demasiado conocer quién tiene el mejor eslogan. El marketing puede ganar una elección. Después hay que gobernar. Y gobernar requiere algo más complicado que sonreír correctamente ante una cámara. Los presidenciables deberían salir por unos días de sus equipos políticos y conversar con la gente. Preguntar a una madre qué le preocupa. Preguntar a un joven por qué piensa marcharse. Preguntar a un profesional por qué siente que su salario nunca alcanza. Preguntar a un empresario qué obstáculo encuentra para contratar diez trabajadores más. Quizás descubrirían varios países dentro del mismo territorio.
El país del empresario no siempre coincide con el del desempleado. El del joven universitario tiene preocupaciones distintas al del pensionado. El campesino mira asuntos que desde Santo Domingo apenas advertimos.
Gobernar será comprenderlos a todos. Por eso espero ideas antes que propaganda. Devuélvanles a los jóvenes la posibilidad de imaginar su futuro aquí. Hablen con las amas de casa, los profesionales, los trabajadores y quienes todavía esperan una oportunidad. A cada presidenciable habría que exigirle algo elemental: que diga públicamente cuáles serán sus cinco prioridades nacionales, qué hará con ellas durante sus primeros cien días y qué resultados concretos promete entregar al terminar su mandato.
Que lo escriba. Que lo firme. Que permita que mañana podamos recordárselo. El país está escuchando. Los presidenciables hablan. Ahora les corresponde demostrar que, además de querer llegar al poder, saben qué hacer con él.
Demuéstrame que estoy equivocado…
