El solo hecho de que el continente africano haya sido invadido y saqueado, y de que sus poblaciones terminaran siendo esclavizadas y repartidas por América y el Caribe, es causa suficiente para que gran parte de su cultura popular también se distribuyera en esa parte del mundo.
En los Estados Unidos tenemos el fenómeno del jazz, que desde las plantaciones de esclavos termina por llegar a los salones y a los teatros de las grandes capitales, como también el blues, es una prueba de ello.
En nuestra región los palos y atabales, que cierta ministra pretende atribuir solo a Haití, como otros géneros, el carabiné y el balsié entre ellos, los compases del merengue y de la bachata, tienen también origen africano.
La habanera, madre del tango argentino, es otra influencia de la música surgida en tierras africanas, que en el compás tanguero del dos por cuatro toma forma con la incorporación del bandoneón, más las letras siempre tristes, siempre nostálgicas, casi como lamentos que describen la pobreza de los arrabales, la soledad y la desesperanza, los amores traicionados y la miseria de la condición humana, temas recurrentes del tango que lo hermanan con la bachata de amargue.
Sucede que la música, como invención nacida del espíritu de los seres humanos, es una forma de libertad que permitía a los esclavos redimirse al menos en su imaginación y por breves momentos, de una situación en la que todo les era negado, porque hasta tenían prohibido aprender a leer.
Eliminada la esclavitud en Estados Unidos, los negros pudieron dedicarse a la música y registrar sus composiciones, aprender a tocar instrumentos con maestros, lo que posteriormente dio origen al surgimiento de grandes figuras como Miles Davis, Louis Armstrong, Duke Ellington, Charlie Parker y Thelonious Monk, entre otros.
La mezcla de esas raíces africanas con ritmos locales y otros europeos, adoptados por los nativos y criollos, dio como resultado muchos híbridos en los que la herencia de África no puede ser soslayada, como es el caso del tamborito, el ritmo rey del folclore panameño.
Si gran parte de nuestra música tiene raíces africanas, dejemos entonces que “el negro tras de la oreja” de Juan Antonio Alix despierte y desparrame en nuestro espíritu esas melodías originalmente hechas para sobrellevar la tristeza y alegrar el alma.
