¡Qué penoso!

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    En forma alguna pretendemos dictar sentencia sobre la conducta de los miembros de la Cámara de Cuentas de la República, por no decir, de la institución misma. Pero no terminamos de salir del asombro con lo que ocurre actualmente con esos señores.
    Provoca escozor ver cómo aquellos escogidos por el Senado de la República para cumplir con un mandato claro de la Constitución, concluyan su gestión bajo un proceso de investigación del Ministerio Público.

    ¿Cómo es posible?

    De acuerdo con el artículo 249 de la Constitución, la Cámara de Cuentas es el órgano superior externo de control fiscal de los recursos públicos, de los procesos administrativos y del patrimonio del Estado.

    Junto con el Congreso Nacional y la Contraloría General de la República, debe llevar “el control y la fiscalización sobre el patrimonio, los ingresos, gastos y uso de los fondos públicos”, y de manera muy particular, tiene la obligación de examinar las cuentas generales y particulares de la República. Si cumpliera plenamente su rol, sería un brazo fundamental para la salud de las finanzas y especialmente como brazo ejecutor de la fiscalización que debe ejercer el Congreso Nacional, que tampoco juega su rol.

    El llamado control de los fondos públicos “anda suelto en banda”, y es una vergüenza que al término de una gestión lluevan las dudas sobre los responsables de ejercer unas obligaciones indelegables.

    Ver a los señores miembros de la Cámara de Cuentas pasar una y otra vez por la Procuraduría General de la República es irritante y habla del estado en que se encuentra la fiscalización del gasto de los recursos públicos.

    Es penoso y triste. Y pensar que estamos ante la continuación de una conducta histórica. Recordemos aquellos días en que otros miembros de la Cámara de Cuentas pasaron por el escarnio de ser sometidos ante el Congreso Nacional por graves faltas atribuidas en el desempeño de sus funciones.

    Es como si la Nación no terminara de comenzar en un intento eterno por transparentar la gestión de las finanzas nacionales, de los recursos que todos aportamos para que el Estado cumpla su misión.

    Refleja este drama cómo marchamos todavía. ¡Qué pena!

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