Como toda verdad filosófica puede surgir de alguna fuente tópica, tales como empirismo, racionalismo o especulación metafísica, resulta oportuno decir que la veracidad del epígrafe usado para titular este escrito provino de Georg Hegel, tras dejar preconizado que “sólo un grande hombre nos condena a la tarea de explicarlo”, ya sea durante la contemporaneidad o posteridad, aunque en la ocasión semejante anatema lo recibió con placer estético Eugenio Pucciarelli, discípulo eximio de Pedro Henríquez Ureña, además de haber sido amante del saber epistémico y profesante excelso de la retórica.
De por sí, Eugenio Pucciarelli pudo cumplir tal condena no sólo ante el asombro sobre la genialidad acrisolada de Pedro Henríquez Ureña, sino también por la deuda de gratitud que todo aventajado discípulo suele sentir por su maestro, máxime cuando se trató de un educador digno de emulación, cuyo magisterio propició un saber crítico, independiente y autónomo para la legión de alumnos que tuvo por la América hispánica y anglosajona.
En cambio, este diletante de la creación ensayística ha de asumir semejante tarea, derivada del anatema hegeliano, luego de abrevar en uno que otros escritos del numen literario de Pedro Henríquez Ureña, de autores pertenecientes a su discipulado o de escritores contemporáneos suyos, pero además cabe cumplir dicha condena dulcificada bajo las prédicas catedráticas del profesor Alejandro Arvelo, por cuya exhortación magisterial de cariz filosófico cualquier discente queda compelido a poner manos a la obra.
De Eugenio Pucciarelli, autor del ensayo desarrollado para cumplir con el anatema hegeliano, intitulado Pedro Henríquez Ureña y la Filosofía, nos quedó como lección aprendida que el maestro suyo fue epígono del escolarca de la academia, toda vez que según Samuel Taylor Coleridge los hombres, luego de nacer, han de ser platónicos o aristotélicos, así que el educador de la patria magna hispanoamericana prefirió adherirse hacia la enseñanza filosófica de Aristocles de Atenas, tras formar convicción propia, compenetrado con la obra dialógica del discípulo socrático.
Aun cuando el discípulo hispanoamericano dijo que Pedro Henríquez Ureña no fue filósofo profesional, hay evidencias demostrativas de que tuvo una mente muy amueblada y un sistema orgánico que le permitió proyectar una vida dotada de convicción e introspectiva, emprender cada acción con el apropiado fundamento, además de poseer cultura enciclopédica, auténtica posición moral y apreciación estética frente a cualquier obra de arte y en toda circunstancia actuó como librepensador.
En mirada retrospectiva, tras seguir las huellas cognitivas que nos dejó Eugenio Pucciarelli, pudo inteligirse que Pedro Henríquez Ureña mostró inusitada predilección por la literatura y la filología, pero cultivó en proporción idónea el espíritu filosófico y así logró apropiarse de las capacidades estética, crítica e intelectual de hondo calado para entender la vida, el mundo, la realidad circundante y la sociedad, además de ver que la metafísica tenía la misión de unificar y totalizar tanto las concepciones como las experiencias humanas, lo cual permitía pensar las cosas en conjunto.
Sobre el vértice de la metafísica, percibió, a través de Immanuel Kant y Georg Hegel, el aliento de Platón, de cuya fuente abrevó y de ahí vio en la justicia la virtud excelsa propiciatoria de la felicidad, por cuanto funge como preceptiva del equilibrio individual y colectiva, mientras que la educación no fue apreciada como acumulación bulímica del saber, sino más como un sistema usado para formar un alma armónica, a través de la jerarquización de los valores regentes del comportamiento humano, y de semejante labor pedagógica provendría el gobernante instruido en las disciplinas socioculturales.
Sin animosidad contra Pucciarelli, cabe reconocer en conclusión que Pedro Henríquez Ureña sí mostró cualidades intrínsecas y extrínsecas de filósofo, máxime cuando aprendió a sumergirse en las obras de los autores que le tocó estudiar, tras dejar sentado que la crítica era una especie de homenaje para ellos, en busca de penetrar en su sistema de convicción orgánico y así emular y construir perspectiva propia mediante acrisolada originalidad.
Entretanto, el método descripto fue utilizado con cualquier pensador, pero dándose cuenta de que en el viejo continente prevalecía la contemplación ensimismada, mientras que en la órbita hispanoamericana el activismo social era idiosincrático, por cuya razón el maestro usó la sindéresis apropiada para valorar las aportaciones originales de los intelectuales de la magna patria, donde tales hombres del ágora filosofaban apertrechados con la acción.
