En este país, de memoria corta y toma de café larga, hay tragedias que no se cuentan, se susurran.
Tenemos una herida mal cerrada que supura historia que es el Degüello de Moca, ocurrido el miércoles 3 de abril de 1805, en la Iglesia de Nuestra Señora del Rosario, la Iglesia del pueblo de Moca, la que marcaba las horas, adonde se bautizaba y se despedía. Allí se realizó un “te deum” que convocó y concentró al pueblo, en tiempo en que la guerra con los haitianos no tocó la puerta: la tumbó. No fue batalla, fue barbarie, escarmiento, terror,crimen porque cuando el poder se vuelve fiera, aflora el hombre primitivo que esas huestes llevaban dentro. El propio cura que bendecía al pueblo fue víctima del horror vestido con la bandera haitiana. Jean Jacques Dessalinnes, el héroe de la independencia de Haití, devolviéndose desde Santo Domingo hacia su lugar de origen, desde el fracaso en la capital, en sus afanes de volver a la naciente República Dominicana a su condición de dominada, pasó por Moca, laboriosa región agrícola, en sus correrías de fuego y acero y dio rienda suelta a sus instintos sanguinarios contra una población desvalida. Santiago no escapó de la brutalidad de esas bestias sanguinarias del ejército haitiano. Entre 300 y 600 muertos por degüello, que no solo es corte de la cabeza, fue intento de arrancar de raíz, de borrarlo todo, de vengar la frustración de planes torcidos, fue contra la dominicanidad. Entre los mocanos de hoy, pocos perciben que esa tierra que pisan es espacio de víctimas en la iglesia, entre ilusos y creyentes, que aquella casa de Dios, pretendía ser espacio de protección divina, pero la historia que no siempre respeta lo sagrado, dejó allí sus capítulos más oscuros. La Iglesia no fue escudo, fue testigo del horror contra mujeres, niños, ancianos, hombres desarmados que por fe y por cánones de respeto universal, se refugiaron en la iglesia y cuyas puertas fueron cerradas para perpetrar la brutal matanza. El machete y el sable no distinguieron entre soldado, muchacho, niños indefensos familias enteras, ni rezadoras: todos. La historia escolar pasa de puntillas por el Degüello de Moca, por esa tragedia incómoda, como si mencionarla quitara postillas, reabriera heridas y acentuara odios viejos. El criollo, que todo lo vuelve cuento para poder digerirlo, adaptó el término degüello. Esto no es para avivar odios sino para entender la fragilidad de la convivencia humana y destacar la asimetría cultural, diferencia de principios religiosos, idioma, orígenes e idiosincrasia entre dos pueblos que comparten una misma isla. Para definir la masacre colectiva que golpeó en sus entrañas a un pueblo valiente y trabajador, fue cobarde masacre. Si algo caracteriza al dominicano, ese personaje colectivo, capaz de reírse en velorios y bailar un apagón, es su capacidad de sobrevivir a su propia memoria. A pesar de todo, el degüello sigue ahí, agazapado entre libros esperando que alguien lo cuente como se debe: sin maquillaje, sin morbo pero con el respeto del dolor que no prescribió. Ya Moca no es Moca: es símbolo, pueblo que se levantó sobre cicatrices, pueblo de memoria que no grita pero que no olvida. No fue un pueblo ingenuo. Fue fiel, cuando la iglesia era protección y la guerra tenía límites y la vida civil no era terreno de exterminio….al menos para la conciencia civilizada más alejada del ser primitivo. Una atrocidad histórica para recordar…
