En pocos días llega nuestro patriótico carnaval, que coincide con las fiestas de Independencia, contrastando con el celebrado en otros países en los días previos a la cuaresma. El nuestro, es una forma de contar la historia con “vejiga” en mano, cascabeles en los pies, espejitos en el cuerpo y careta pintada al sol. Las calles son el escenario adonde el pueblo dramatiza miedos, y expresa sus burlas, “reburuja” el orden social y matiza la fe. Allí se mezclan en expresión popular, herencias africanas, lo europeo traído por les españoles y matizados por las mil razas que vinieron a recalar a estos rincones tropicales, adonde decidieron llegar y lugar adonde la voluntad no les alcanzó para irse, “mesturados” con lo que los taínos tenían en estas tierras de mariasantísima. Cada pueblo le ha puesto su acento propio haciendo más colorido el variado mosaico de los carnavales dominicanos. El nuestro, hunde sus raíces en lo que trajeron los primeros españoles en llegar después del encuentro transcultural que la aventura de Cristóbal Colón provocó en Europa. El Santo Domingo colonial lo celebraba en las fiestas previas a la cuaresma en un Nuevo Mundo cuadriculado por la religión católica y matizado por las tradiciones cristianas, combinados con las energías caribeñas con “licencia” para fiestar. El “Carne vale” (despedida de la carne) se “aplatanó” con el ritmo del negro esclavizado, con sus gestualidades enérgicas, mezclado con las tradiciones europeas diversas, añadiendo el sabor taíno mimetizado y adonde el criollo resultante de ese crisol de razas, aportó picardía y humor creando personajes clásicos. El Diablo “cajuelo”, expulsado del infierno por travieso, se mudó cojo para nuestras tierras, en versión que no asusta: juega, corre y golpea con su “sarta de vejigas” de vaca a manera de fuete “castigador” contra el que se descuida. Su traje es obra de arte artesanal de marcado colorido, cuernos retorcidos y careta diabólica, cascabeles, espejitos y más, que puede tomar meses en ejecutar. El “roba la gallina”, el “se me muere Rebeca”, “Califé”, matizan esa mezcla de calendario litúrgico con calendario patrio. El carnaval se transformó de aventura barrial a patrimonio cultural y ya más tarde en atractivo turístico, adonde lo autóctono se manifiesta en la diversidad. “Los lechones” de Santiago, divididos en pepineros y joyeros, según el barrio, de caretas alargadas, cuernos retorcidos y mucho colorido. Los Guloyas de San Pedro, con sus raíces del Caribe inglés, nuestros “cocolos” y sus danzas teatrales, lentejuelas y musicalidad distinta y propia. Los Taimáscaros de Puerto Plata, con fusión estética entre taíno y africano. “Los Pintaos” de Barahona, cubiertos de pintura y aceite con representación más rústica. Las Cachúas de Cabral, en el mismo Barahona merece u mención aparte.
No son espectáculo turístico diseñado para la cámara: son identidad comunitaria de una tradición familiar que no se aprende en libros sino en el barrio, en el patio. Si el Carnaval dominicano es expresión de música, color y el ruido que empapelan al criollo por dentro, allí no desfilan comparsa: camina la historia del pueblo detrás de una máscara con cuernos. El carnaval criollo no compite en escala (el de Río de Janeiro) ni con elegancia (el de Venecia), compite en vitalidad y colorido además del acento musical. En cada simbólico vejigazo late la historia de un pueblo que aprendió a reír, a resistir, a celebrar su colorido mestizaje, dolor con ánimos musicales, festivos, alegres como su propia esencia caribeña.
