El colmado: última asamblea del barrio (y 2)

Desapareció el “servicio a domicilio” en “bicicleta de canasto”, artefacto de tracción a pedal de limitado alcance, sustituido por el “delivery” en motocicleta con capacidad de “willing” o “calibrar” y más cerca por el “motol elétrico” que impide esas “musarañas”. Resulta un eficiente servicio, capaz de entregar desde lo mas insignificante que expende el colmado, hasta un botellón de aqua, pesado articulo moderno de estos tiempos cambiados, de agua comercial que requiere la fuerza y habilidad del “delivery” para “encaramarlo” hasta el piso mas alto del edificio. Ese personaje del delivery, ya no “el muchacho del colmado” delineó una figura propia. La transformación del colmado en lugar para beber cervezas y más, cambia el ambiente de zona de expendio de alimentos en lugar de encuentros y sitio de socialización, tertulias y enamoramientos, donde mujeres criollas compiten con hombres, a la hora de beber. El Colmado de hoy refleja una sociedad más urbana, tecnológica y acelerada, donde se cuenta con sistemas de pago electrónicos, recargas de teléfono, “venta de minutos”, presencia de aplicaciones digitales, y “Pedidos Ya” y más. Con neveras llenas de productos “de fuera”, mantiene su esencia, siendo receptor de la cultura popular con sus bocinas vomitando ritmos actuales. Sigue siendo escenario de conversación y termómetro social del barrio, pero si antes la pasividad y la conversación extendida era lo que primaba, hoy refleja la prisa y la inmediatez del dominicano actual, pero siempre espejo fiel de la sociedad criolla. Ha evolucionado, se ha adaptado e incorporado nuevas herramientas, donde la economía cotidiana se mezcla con la cultura y la convivencia. El colmado de hoy y el de ayer mas que opuestos, son capítulos distintos de una novela social en la que somos actores: La historia viva del barrio dominicano. La “ñapa”, santa institución sabatina del colmado, hacía honor a la fidelidad, con premios en productos con valor simbólico mayor que su costo material. Representaba confianza y continuidad además de camaradería con el colmadero, que sabía quien compraba cada semana, quien prefería tal marca de café y quien pasaba por un apuro económico y era la Ñapa la que sellaba esa relación. Sin facturas, comprobantes ni descuentos en compras de fines de semana, ni rifas de vehículos, ni juntando “puntos”. Era honrar la fidelidad de manera práctica y centrada sin las complicaciones del comercio moderno: se aprendía en el colmado de la esquina. La ñapa convierte al colmado en templo de la humanidad compartida, en escuela del agradecimiento comercial y valor de la fidelidad; la lealtad construida con cercanía y respeto. Eran gestos que sabían a la comunidad. En la cartografía sentimental del barrio criollo, el colmadero era rostro y conciencia. Su presencia definió la esquina y no era solo comerciante; era estructural, sosteniendo la economía cotidiana de la comunidad como guardián del suministro esencial y sin él, la vida se desarticulaba.

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