El dominicano frente a su espejo (1)

Hay sociedades que se ven a sí mismas, en el espejo de la Bella Durmiente, como gigantes. Otras se perciben empequeñecidas, aunque carguen siglos de glorias. Y está el pueblo dominicano que tiene una imagen “asigún”. Nos vemos como el ombligo del mundo y como la cenicienta de la bolita del mismo mundo. Según el día, según el gobierno, según tengamos el bolsillo, según el resultado del partido entre Licey y Águilas, así cambia la fotografía que nos hacemos de nosotros mismos. El dominicano vive enamorado de la tierra de “Mariasantísima” pero no pierde oportunidad para hablar mal de país como quien critica a un hijo travieso al que ama con locura. Dice que este es el mejor país del mundo, aunque cinco minutos después alguien dice: “Aquí na sirve”. Esta contradicción no es hipocresía: es dominicanidad pura condimentada con exageración, humor y café recién colao. La relación con nosotros mismos es paradójica porque Dios libre al que nos critique si no nació bajo el signo zodiacal del plátano. Nos vemos despiertos, alegres, vivos, capaces de resolver cualquier problema con un alambre, un martillo o un alicate, con un “dejame ver si conozco a alguien ahí”. El criollo cree firmemente que no hay problema que no se resuelva con una salida improvisada. Un pueblo capaz de convertir un motoconcho en un transporte, una ambulancia, en guagua escolar, o una mudanza, porque aquí la creatividad no se estudia: viene con la leche materna. Nos creemos ingeniosos y nos sentimos hospitalarios y aquí cabe el “slogan” de Nagua: “Entras si quieres y sales si puedes. El de ‘afuera’ viene creyendo que somos un espacio de playas, bachata y merengue y se jalla” con un laboratorio humano donde viven juntos la prisa y la parsimonia, la solidaridad y tigueraje, la fe y la picardía callejera adonde “la cosa tá floja” y “la cosa tá apretá” significan lo mismo y el otro lo entiende. Que somos caóticamente felices en un coloquio enloquecido que habla “durísimo” con la música permite “a to lo que da”. Este es un espacio adonde paradójicamente el orgullo nacional es muchísimo más grande que el mapa. Basta que un pelotero triunfe, que una belleza desfile con la bandera en un certamen, o que un artista pegue una canción, para que nos abramos como un pavo real que no cabe en el gallinero. ¡Ese sí es dominicano!!!! Como si el éxito individual fuera del barrio, del pueblo entero y del colmado adonde “sacrificamos” las frías. Lleno de problemas, este es un pueblo que ríe en medio de las dificultades, que se burla de sí mismo, con una hospitalidad que convierte a un extranjero en su compadre en minutos y lo lleva a la casa como tal.

Posted in OpinionesEtiquetas

Más de opiniones

Más leídas de opiniones

Las Más leídas