PUBLICIDAD X
CONTINUAR A ELCARIBE.COM.DO

“Los pájaros se cazan por las patas.  Los hombres

por las palabras”.

PROVERBIO HINDÚ

La situación dio un giro brusco el lunes 23 de septiembre, tan grave que pondría al país al borde de una confrontación bélica con Haití.  Era la segunda crisis diplomático-militar con el vecino país en cinco meses y sería la última.

La población, intranquila por la agitación incesante y la amenaza de nuevas huelgas, fue estremecida por el anuncio de una agresión haitiana al territorio dominicano.  Parecía la culminación de un largo período de tensas relaciones, que a finales de abril y comienzos de mayo culminaría en un virtual estado de guerra entre los dos países, separados por una frontera de poco más de trescientos kilómetros de tierra agreste y una historia de rivalidad, violencia y frágil paz a lo largo de sus existencias.  Desde las primeras horas de la mañana corrió el rumor sobre un grave conflicto fronterizo.  Las estaciones de radio interrumpían sus programaciones regulares para propalar “versiones extraoficiales” acerca de nuevas escaramuzas que afectaban poblaciones a uno y otro lado de la frontera.  Eran noticias escalofriantes, que planteaban la posibilidad de un choque armado.  Una alarma general cundió en la población.

Las informaciones decían que en horas de la madrugada, la población dominicana de Dajabón había sido atacada con fuego de fusilería y morteros desde Quanaminthe (Juana Méndez), a poca distancia al otro lado del puesto que dividía las dos naciones.

En la sede de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Washington se recibía una grave queja del Gobierno dominicano.  La agresión, sostenía Haití, provenía, por el contrario, del lado opuesto.

Poco después del mediodía, Radio Santo Domingo difundió un primer boletín oficial informando de un ultimátum de tres horas del Gobierno Dominicano al Presidente haitiano François Duvalier para que cesara la agresión.  Al cabo de ese plazo la aviación dominicana desataría un ataque contra el palacio presidencial de Puerto Príncipe.  Aviones de combate habían ya sobrevolado la capital vecina para dejar caer volantes, en francés y patois, la lengua criolla usada por la mayoría de la población haitiana, previniéndola de un posible bombardeo.  Los volantes informaban de la agresión a un poblado dominicano.

Exigían además un cese inmediato al fuego, castigo de los culpables, empezando con Duvalier y acuerdos de reparación y compensación por los daños materiales y morales infligidos a la República Dominicana.  Bosch estaba decidido a rescatar el honor nuevamente mancillado de la patria.  Las calles comenzaban a ser escenarios de espontáneas manifestaciones de apoyo al Gobierno.  Por la radio comenzaban a difundirse comunicados y proclamas de apoyo a la defensa de la soberanía.  En escasas horas, Bosch parecía suscitar el entusiasmo de los viejos tiempos de campaña.  Las calles no se veían ya desiertas por el cierre de comercios en protesta por la actitud del Gobierno frente al avance del comunismo.  Los grupos que se formaban en las esquinas esa mañana no lanzaban denuestos al Presidente.

Los hechos seguían la tónica de los sucesos finales de abril, que enfrentaron a Bosch en su primera gran crisis internacional  y evidentemente estaban encadenados.  La isla, compartida por los dos países, con sus solos setenta y seis mil kilómetros cuadrados, resultaba demasiado pequeña para albergar a Bosch y a Duvalier.  Ninguno de los dos podía existir uno al lado del otro.  No podía citarse un solo caso de cordialidad entre los dos gobiernos.

Para entender el repentino estallido de esta crisis de septiembre, se precisaba conocer a fondo los antecedentes de abril y mayo.  Esta era la historia.  En las primeras horas de la mañana del 26 de abril, como solía suceder en días laborables, durante el período escolar, un automóvil de la presidencia dejó a los dos hijos de Duvalier -Jean Claude y su hermana mayor Simone, de dieciséis años-a la entrada del colegio metodista de Puerto Príncipe.  En el trayecto de vuelta, los guardaespaldas son asesinados en una emboscada.  Duvalier estalla de ira.  Cree que se trata de un complot fallido para secuestrar a sus hijos y obligarlo a dimitir.  Haití atraviesa una grave crisis política.  Las sospechas de Duvalier se centran sobre un joven oficial, el teniente François Benoit, contra quien se desata una feroz persecución.  Benoit tenía ya dos días refugiado en la embajada dominicana cuando estos sucesos sacuden la capital haitiana.  Más tarde, las tropas penetran violentamente la cancillería de la embajada, situada en un edificio nuevo en la carretera de Delmas, en un punto entre Puerto Príncipe y Pétionville. Realizan un registro y no encuentran nada.  De ahí parten hacia la residencia del embajador, donde se halla Benoit y otros veintiún refugiados, algunos desde hace varias semanas.  Los tonton macoutes rodean la embajada, hacen caso omiso de las protestas del Encargado de Negocios dominicano e instalan nidos de ametralladoras en los alrededores, cortando el acceso a la residencia.

Esta acción colmó la paciencia del Presidente dominicano.  Bosch estaba seriamente disgustado con Duvalier, porque había dado permiso de residencia a miembros de la familia Trujillo que se decía conspiraban contra él.  La cancillería habíase quejado enérgicamente del visado concedido a Luis Trujillo Reynoso, hijo de un hermano del dictador y a otros parientes de éste.  La violación del recinto de la embajada dominicana en Puerto Príncipe añadía un nuevo elemento de fricción entre ambos gobiernos.

Entonces, para sorpresa de la mayoría de los dominicanos que carecían de informaciones previas sobre estos sucesos, Bosch le habló a la nación el domingo 28 de abril para denunciar “el ultraje” cometido por el Gobierno haitiano contra la sede diplomática dominicana en ese nación.  Esa agresión, advertía, debía cesar en un plazo no mayor de veinticuatro horas, pasado el cual le pondría fin con los medios que se hallaren a su alcance.  La situación esta vez era grave.  Bosch decía: “Hemos sido insultados sin haber provocado nosotros el insulto; se ha invadido nuestra embajada con fuerzas armadas, lo cual equivale a una invasión a nuestro país y es una ofensa imperdonable a nuestra dignidad”.

Haití conspira contra el Gobierno dominicano, agrega ante las cámaras de televisión.  Y en esa conspiración están vinculados los Trujillo.  Se le había faltado “el respeto” a la Nación.  Las naciones pequeñas que permiten que eso ocurra, continúa, “no son dignas de ser naciones, porque lo único que puede mantenernos como país soberano es la decisión de hacernos respetar de los pequeños y de los grandes, de los que pretenden abusar de su debilidad y de los que pretenden abusar de su fuerza”.

El discurso estaba destinado a promover todo el sentimiento patriótico en un gran acuerdo tácito alrededor del Gobierno.  “El país que no se hace respetar no tiene derecho a llamarse una nación libre; y la República Dominicana es una nación libre, por la voluntad de sus fundadores y por la sangre de los que la mantuvieron libre y soberana; y lo es por la voluntad de su pueblo, y por la decisión del Gobierno democrático que ese pueblo eligió el 20 de diciembre de 1962”.  Bosch lucía verdaderamente ofendido.  El ultraje hecho por Duvalier al honor nacional era “indignante” y él no estaba dispuesto “a tolerar esa situación y no la toleraremos por ningún motivo”.  Mientras hablaba, cientos de partidarios se manifestaban en las calles ofreciéndose de voluntarios para subsanar ese ultraje.

Al conocerse oficialmente del ataque a la embajada, informaba Bosch, ataque por demás “salvaje e imperdonable a nuestra soberanía”, el Gobierno se apresuró a tomar medidas para proteger la embajada haitiana en Santo Domingo de la ira popular.  La cosa era, razonaba el mandatario, “que si la noticia del atropello que se nos había hecho en Puerto Príncipe salía a la calle, nuestras juventudes podían indignarse y en medio de la indignación podían atacar a la embajada haitiana en la capital”.  Bosch hacía una distinción entre la tiranía de Duvalier y el sufrido pueblo haitiano.  No debía haber confusión al respecto.  El pueblo de Haití era asesinado y explotado por tiranos.  En cambio, la Embajada representaba al pueblo haitiano, no a un gobierno despótico como el de Duvalier.

También enumeraba un rosario de vejámenes contra ciudadanos dominicanos cometidos por las autoridades haitianas.  Tales agresiones pasaron a ser ataques a la República desde el momento en que Duvalier pidió, de manera inexplicable y ofensiva, el cierre de consulados dominicanos en Cabo Haitiano y Juana Méndez, “cosa que no se hace entre países, sino cuando el que pide el cierre quiere insultar al otro o cuando se desea provocar una ruptura de relaciones”.  A seguidas pasaba a detallar casos específicos de dominicanos objetos de esos vejámenes.  Incluía los de algunos diplomáticos declarados personas non grata “sin explicaciones y con deseos de ofender”.  Tal eran los casos de Marco A. Cabral y de los doctores Ciro Amaury Dargam Cruz y Antonio Jiménez Dájer.  De 28 haitianos que se habían refugiado en la embajada dominicana en Puerto Príncipe desde junio de 1962, sólo seis han obtenido salvoconductos de las autoridades de ese país.  Según Bosch esta era otra ofensa a la República.

El problema no era sólo de índole diplomática o militar.  Involucraba un serio asunto de naturaleza más grave.  Duvalier, según Bosch, estaba empeñado en su eliminación física.  La denuncia era tan grave como la agresión misma a la misión diplomática.  Remontábanse los hechos al período en que Bosch aún no había asumido la presidencia.  En enero, citaba el Presidente, el Gobierno haitiano fraguó un complot para matarlo.  Para llevar a cabo el plan, habíase utilizado a un ciudadano haitiano, antiguo miembro del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) dominicano, el clausurado organismo de represión político-policial de Trujillo.  La figura clave de ese complot era Michel Bredy, a quien Duvalier pretendió designar Encargado de Negocios en Santo Domingo.  El nombramiento se le había rechazado, relataba Bosch, “haciéndole saber al Gobierno de Haití, con el lenguaje que se usa en la diplomacia, que nosotros sabíamos a qué venía ese señor”.

Bosch basaba su afirmación sobre Bredy en el Memorándum DAC-146 que le enviara la Cancillería el 28 de marzo, cuyo texto es el siguiente:

“Para el conocimiento del Señor Presidente de la República.

El Gobierno haitiano, por medio del cablegrama cuya traducción se transcribe, ha comunicado la designación del señor Michel Bredy como Encargado de Negocios a.i. en la República Dominicana.

Tengo el honor de llevar a conocimiento de Vuestra Excelencia que el Gobierno de la República de Haití ha designado al señor Michel Bredy para ocupar el cargo de Encargado de Negocios a.i. ante el gobierno de la República Dominicana.  En consecuencia, agradecería a Vuestra Excelencia se sirviera recibirlo en esta calidad y acordarle todas las facilidades que sean necesarias para el ejercicio de sus funciones.  Aprovecho esta ocasión para renovar a Vuestra Excelencia las seguridades de mi más alta consideración”.

Respecto del señor Michel Bredy esta Cancillería informa al Señor Presidente lo siguiente:

“El 3 de febrero del presente año, esta Cancillería recibió un cable de la Embajada dominicana en Puerto Príncipe que copiado a la letra dice así:

Monseñor D’Andrea Encargado Negocio Santa Sede infórmame haber un complot para atentado vida Presidente electo Bosch patrocinado por fuerzas reaccionarias comandado por Michel Bredy sicario haitiano de cincuenta años, negro lustroso, alto habla varios idiomas, o cruzara frontera acompañado cuatro o cinco personas fin declararse asilados políticos Duvalier y en esa forma lograr objetivo, dice monseñor gobierno haitiano no está vinculado complot, esta información le fue confesada por cómplice arrepentido fin imaginas cargar conciencia”.

De este cablegrama se dio conocimiento al Consejo de Estado por memorándum No. 190 del 4 de febrero.  Posteriormente, el 6 de febrero se recibió otro cablegrama de nuestra misión en Puerto Príncipe, concebido en los siguientes términos:

“Ratificamos los términos de nuestro cablegrama referente a Michel Bredy.  Nuevas informaciones así lo confirman”.

El 7 de febrero, por memorándum No. 229 del 7 de febrero se dio conocimiento igualmente, al Consejo de Estado de este segundo cablegrama.  El 18 de febrero, esta Cancillería remitió asimismo al Consejo de Estado, junto con el memorándum No. 282 del 18 de febrero, el oficio No. 95 del 12 del mismo mes, de nuestra Embajada en Puerto Príncipe que dice así:

“En relación a los términos del cablegrama cifrado a), tengo a bien informarle que en la mañana del domingo 3 de los corrientes, recibí la visita del doctor Francisco Millán Delpretti, Encargado de Negocios de Venezuela en Puerto Príncipe, quien había sido enviado por Monseñor Giovanni D’Andrea, Encargado de Negocios de la Santa Sede, para informarme que había recibido como descargo de conciencia la confesión de una persona cómplice de un complot para atentar contra la vida del Presidente electo Juan Bosch, el cual está patrocinado por fuerzas reaccionarias y dirigido por el nacional haitiano Michel Bredy.  Los complotados son cuatro o cinco personas y piensan cruzar la frontera ilegalmente para luego declararse perseguidos políticos y de ese modo poder lograr su objetivo.  También me informó el doctor Millán Delpretti que dicho complot era desconocido por el Gobierno haitiano.

En la tarde del 5 de los corrientes recibí noticias de que Monseñor D’Andrea deseaba hablarme para confirmarme el asunto y me apersoné a la Nunciatura donde me informó que en efecto había recibido el sábado 3 de los corrientes la confesión de uno de los cómplices y que éste le había dicho que el complot era patrocinado por el Gobierno haitiano.  Parece que cuando Monseñor informó al doctor Millán este asunto, éste último no entendió bien quien patrocinaba el complot, pero lo positivo es que es auspiciado por el Gobierno haitiano.

Posteriormente el padre Jean Baptiste Georges, asilado en esta Embajada recibió la visita de su hermana que le dijo que Michel Bredy estaba tramando algo contra la República Dominicana.  Naturalmente que en ningún momento hemos informado al padre Georges ni a ninguna persona de este asunto, y tampoco esto ha salido del círculo de Monseñor, doctor Millán y el suscrito, por lo que nos vimos obligados a enviar el cablegrama cifrado de referencia b).

En dos ocasiones la pasada semana hemos tenido la oportunidad de ver al nombrado Michel Bredy sentado en la galería de su casa.  Esto nos ha sido posible por residir él cerca de la residencia de la Embajada por donde el suscrito tiene que traficar todos los días.

Michel Bredy es una persona muy conocida en Haití por gozar del favor del Gobierno.  Habla perfectamente el español, el inglés y hasta el alemán.  Fue cónsul de Haití en Camagüey, Cuba, y fue utilizado en el Gobierno de Trujillo por el Servicio de Inteligencia Militar en trabajos especiales, según recorte del diario El Caribe, que hemos tenido a la vista. Bredy es señalado como implicado en la desaparición del ciudadano dominicano Francisco Eugenio Fernández Alarcón (Véase nuestro oficio 111 del 9 de febrero de 1962; el oficio de esa Cancillería No. 2800 del 7 de febrero de 1962 y El Caribe, edición del 6 de febrero de 1962, donde aparecen las declaraciones del señor Pedro Ibis Jáquez).  Michel mide de 5’11” a 6 pies de estatura, pesa de 180 a 190 libras, color negro lustroso, cabellos canosos con un desrizado permanente, casado, jugador profesional y se presta a cualquier trabajo interesándole solamente el dinero, no importa su procedencia”.

Posteriormente, el 20 de marzo, esta Cancillería, ante un informe confidencial sobre la presencia de dos haitianos en la Embajada de Haití en esta capital, dirigió el siguiente oficio al Director General de Seguridad:

“De fuentes allegadas a esta Cancillería se tienen noticias de que en la pasada semana llegaron a esta capital dos haitianos sindicados como posibles agentes (Tonton Macoutes) de represión del Gobierno de Duvalier; y que dichos agentes se encuentran alojados en la Embajada de Haití en Santo Domingo.  Según esa misma fuente, sus actividades aquí serán en relación con la permanencia en la República Dominicana de líderes haitianos actualmente residentes en el país, razón por la cual la vida de estos líderes correría peligro.  Como esta Cancillería no tiene noticias de que haya sido aumentado el personal de la Misión diplomática haitiana en esta capital, se agradecerá que esa Dirección investigara discretamente de qué personas se trata y cuál es el verdadero propósito de su permanencia en esta capital”.

Asimismo, a fin de determinar quienes pudieran ser los dos haitianos que se encontraban alojados en la Embajada de Haití, (se) dirigió un oficio al Director General de Migración para que nos suministrara, a la mayor brevedad posible, una relación de los ciudadanos haitianos llegados al país en los últimos 15 días, relación en la cual no debían figurar los haitianos contratados por las empresas industriales.

Igualmente se dirigió un cablegrama a la Embajada en Haití para que informara qué visas había concedido a nacionales haitianos en las últimas tres semanas, incluyendo las visas de cortesía.

Ni el Director de Seguridad, ni el Director de Migración, han suministrado hasta la fecha la información solicitada. Nuestra Embajada contestó no haber otorgado ninguna visa.

En vista de estos antecedentes, la Cancillería se propone contestar el cable del Secretario de Estado de Relaciones Exteriores de Haití rechazando la designación del señor Bredy y se permite someter al Señor Presidente de la República para su aprobación reparos, el texto que figura anexo”.

El discurso presidencial no dejaba abierta ninguna posibilidad de acercamiento.  Cuando los policías haitianos registraron la cancillería de la embajada, amenazaron a la secretaria Katia Mena, la única presente allí en ese momento.  Los policías la sometieron a un interrogatorio.  Contar ese episodio, afirmaba Bosch, “causa indignación”.  Y decía que sólo un gobierno “salvaje, de criminales, es capaz de violar una embajada extranjera y de amenazar con fusiles a una dama que además es funcionaria de esa embajada.  Esa acción es una bofetada en la cara de la República Dominicana, una afrenta que nosotros no estamos dispuestos a pasar por alto”.

En Washington, la OEA se movía para evitar un conflicto armado. Invocando poderes especiales, según el Tratado de Asistencia Recíproca de Río de Janeiro, el organismo regional decide constituirse en órgano de consulta de los Ministros de Relaciones Exteriores de los veinte países miembros para buscarle una salida diplomática a la crisis.  La votación es unánime, 16 a favor, dos abstenciones y nadie en contra.  Haití reacciona ante las acusaciones dominicanas y anuncia el rompimiento de relaciones.

Mientras Bosch se dirigía a la nación, el ministro de Relaciones Exteriores Freites remitía un ultimátum a su colega haitiano, René Chalmers, reclamando una reparación e indemnización por las “ofensas y los riesgos” a que ha estado sujeta la representación dominicana en Haití.  En caso contrario, “adoptaría con toda decisión, y a cualquier precio, las medidas necesarias para hacer respetar la dignidad y la soberanía de la nación dominicana”.

“Violaciones tan insólitas de normas de derecho internacional universalmente consagradas y reconocidas de manera especial por el Sistema Interamericano han dado lugar al más enérgico repudio de su gobierno”, agregaba la nota oficial de Freites.  El momento era delicado.  Y no parecía haber aberturas para una salida amistosa.  “Lamentable es reconocer que estas burdas e incalificables agresiones no son en manera alguna hechos aislados, sino por el contrario constituyen la culminación de una serie de provocaciones irresponsables con las cuales el gobierno haitiano pretende ultrajar la dignidad de la nación dominicana y afrentar su soberanía”.

Freites se quejaba de que el gobierno tenía razones “para no abrigar la menor duda de que realmente el propósito del gobierno haitiano, como lo revela su proceder, se encamina a provocar una crisis entre los dos países con miras a desviar la atención del pueblo haitiano de la conflictiva situación interna de que es solamente culpable su propio gobierno”.

Un breve anuncio pagado, aparecido en los matutinos del 30 de abril, dio a los dominicanos otra idea de cuán cerca se encontraban de un conflicto bélico.  La Dirección de Registro de la Reserva de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional avisaba a los miembros de la Reserva que se encontraran aptos físicamente para el servicio; que debían “estar listos para cumplir con su deber en la defensa de los sagrados intereses de la Patria, caso de que el Poder Ejecutivo resuelva su llamamiento a filas”.  Las informaciones sobre el desplazamiento de tropas a la frontera y el traslado de armamento pesado aumentó la expectación de una opinión pública que no salía de su asombro.  Todo había sido tan repentino y drástico.  La idea de una guerra con Haití, que parecía inminente, era realmente preocupante.

El espíritu bélico se adueñaba del ambiente.  En un comunicado de respaldo a la alocución presidencial, el Partido Revolucionario Dominicano proclamaba: su respaldo pleno al Gobierno “en su enérgica actitud de defensa de la dignidad nacional”, ordenaba a toda su militancia “mantenerse en estado de alerta a fin de acatar patrióticamente todas las medidas que dicte el Gobierno en este caso, de acuerdo con las circunstancias” y formulaba un llamamiento urgente “a todos los partidos políticos; organizaciones obreras y campesinas; instituciones profesionales, estudiantiles, culturales, patronales y religiosas, a fin de que se apresten a defender en un apretado bloque la ofendida dignidad patria”.

La mayoría de las organizaciones respondieron al llamamiento. Y el respaldo al Gobierno cobró fuerzas con la publicación del testimonio del ex encargado de Negocios en Haití, Frank Bobadilla.  El relato, entregado a la prensa en la residencia del Presidente Bosch, constituía una incitación al patriotismo.  “Acabo de regresar a la República vivo y sano”, comenzaba Bobadilla, “gracias a Dios y al respaldo decidido y responsable que me dio en todo momento el Gobierno y el pueblo dominicanos, circunstancia ésta que me infundía presencia de ánimo para afrontar la inaceptable actitud de vejamen del Presidente Duvalier.  He despertado de la terrible pesadilla dantesca que vive, en intenso drama que rebasa todas las concepciones imaginarias, un virtuoso y humilde pueblo que se debate por su pervivencia y por su convivencia en el plano de la dignidad en que aspiran vivir todos los pueblos libres del mundo”.

Toda la nación estaba unida alrededor de Bosch.  Las pasiones políticas se echaban a un lado.  De los comunicados de solidaridad a la posición patriótica del Presidente, resultaba difícil creer que apenas unos días antes los partidos que ahora se manifestaban dispuestos a apoyarle eran los mismos empeñados en conducirle al fracaso.  Hasta Acción Dominicana Independiente, en un comunicado firmado por su presidente José Andrés Aybar Castellanos, admitía que entre sus obligaciones estaba la de defender los principios democráticos.  Por tal motivo, en vista de los graves sucesos acontecidos en Haití “eleva su voz de protesta y da su decidido respaldo al Gobierno nacional en todas las medidas que adopte para garantizar nuestra soberanía en esta hora de grave peligro para la Patria”.  Las manifestaciones de apoyo incluían a la Unión Cívica, Vanguardia Revolucionaria y la Alianza Social Demócrata.  Las diferencias políticas pasaban a un plano secundario ante la amenaza al suelo patrio.

El periódico La Naciónalabaría la previsión de Bosch de proteger de la ira popular a la embajada haitiana en Santo Domingo.  En un editorial de su edición del 30 de abril, concluía: “Afortunadamente la previsión del Presidente Bosch al ordenar la protección de la embajada haitiana impidió que se cometieran hechos que no hubieran conducido más que a agravar el diferendo dominico-haitiano, y de ellos debemos sentirnos todos plenamente satisfechos”.  El apoyo a la postura oficial provenía de todas partes, de la Asociación de Industrias, usualmente desafecta a la política gubernamental; del Senado, que en sesión extraordinaria del día 29 de abril, aprobaba una resolución de respaldo “de manera decidida y definitiva” a la conducta del Gobierno frente al “régimen despótico y autocrático” de Haití.  El Senado pedía a los organismos internacionales “una rápida y justa decisión que satisfaga las aspiraciones del pueblo dominicano”.

La posición enérgica de Bosch conseguía apoyo internacional.  El influyente diario norteamericano The Washington Post, al analizar su discurso, sostenía que el Presidente Duvalier “ha convertido su patria en un infierno para su propio pueblo; un delincuente en la familia de las naciones y una fuente peligrosa de inseguridad en el área del Caribe”.  Bosch parecía estar ganándole la batalla de opinión pública a Duvalier.  La apreciación se fortalecía con un amplio despacho de The New York Times fechado en Washington el 29 que decía: “Los Estados Unidos han estado deseando por algún tiempo la caía de la dictadura de Duvalier en Haití y quizás hayan encontrado un aliento con la crisis del Caribe de fin de semana”.

Hubo un agrio intercambio de notas entre las cancillerías de los dos países que acentuó el ambiente de tensión y agresividad entre las partes.  El ministro Chalmers remitió al canciller Freites una exposición redactada en términos inusualmente fuertes, en respuesta a la nota de éste.  En ella el Gobierno haitiano rechazaba los cargos de violación a la embajada dominicana en Puerto Príncipe y acusaba al Gobierno de Bosch de provocar un enfrentamiento entre las dos naciones.  La comunicación anunciaba la decisión haitiana de romper relaciones diplomáticas con su vecino dominicano.

Freites respondió al día siguiente la comunicación, haciendo responsable al Gobierno haitiano de la seguridad del personal de la misión dominicana en Puerto Príncipe y de los ciudadanos haitianos que allí habían buscado refugio.  “Ante la negativa del Gobierno de Vuestra Excelencia de admitir las inauditas violaciones de que se ha hecho víctima a la representación diplomática dominicana en Haití, cúmpleme reiterar, por medio de la presente, la veracidad de las citadas transgresiones, las cuales han sido ya atestiguada por terceros idóneos”.  La Cancillería insistía en que el Gobierno “no tiene dudas de que las imputaciones que Vuestra Excelencia formula en su comunicación cablegráfica contra los representantes diplomáticos dominicanos responden al propósito de encontrar una disculpa a las transgresiones insólitas y que por tanto no merecen ser tomadas en cuenta”.

Bosch, entre tanto, dirigía una carta personal al presidente del Consejo de Seguridad de la OEA, Gonzalo Facio, en la cual advertía que la República Dominicana “no podía obtemperar a la solicitud de retiro de nuestra misión diplomática formulada por el Gobierno haitiano…”.  Ese retiro, según Bosch, sólo podría ser posible cuando el régimen de Duvalier entregara los salvoconductos solicitados “para el traslado de los asilados al exterior o las seguridades que le permitan permanecer bajo la protección de cualquier nación amiga”. Estas garantías no habían sido hasta el momento ofrecidas por Duvalier “al romper relaciones con la República Dominicana”.  Las amenazas derivadas de esta situación, agregaba Bosch en su carta a Facio, “se agudizan en los actuales instantes por el hecho de que la Comisión designada por el Consejo de la OEA no se ha podido trasladar aún a territorio haitiano para cumplir su cometido”.

Dentro del clima de “irresponsabilidad oficial” que Bosch atribuía a Duvalier, esa situación y los excesos que la caracterizaban “hacen temer que se produzcan nuevas violaciones de carácter irreparable contra las personas de los funcionarios que integran nuestra misión, contra los ciudadanos haitianos que se acogieron a nuestro asilo diplomático, y contra los ciudadanos dominicanos residentes en Haití, violencias que mi Gobierno se siente en la imperiosa necesidad de conjurar en cuanto esté a su alcance”.

La crisis dominico-haitiana se prolongó hasta mediados de mayo, aun cuando la intervención de la OEA alejó desde mucho antes la amenaza de un conflicto armado.  En agosto un fracasado intento de invasión a Haití revivió la rivalidad entre los dos gobiernos, sin alcanzar las dimensiones de una crisis internacional.  Lo del 23 de septiembre fue otra cosa.

Las primeras informaciones sobre el nuevo incidente fronterizo fueron difundidas por Radio Santo Domingo en su boletín de las 6:30 de la mañana. Poco después, a las ocho, Bosch convoca a los jefes de las Fuerzas Armadas a una reunión.

Bosch y las Fuerzas Armadas ofrecerían con el tiempo versiones diferentes de lo acontecido ese día.  En su libro Crisis de la Democracia, Bosch dice: “Pocos días antes del golpe de Estado, quizá tres días antes, me hallaba en mi despacho del Palacio Presidencial cuando a eso de las seis de la mañana me dijo el jefe de los ayudantes militares que los haitianos estaban atacando Dajabón, villa dominicana en la frontera del norte.  Efectivamente, en las calles de Dajabón caían balas que procedían del otro lado haitiano, de la Villa de Juana Méndez –Quanaminthem en el patois de Haití-, que queda frente a Dajabón, a menos, tal vez de dos kilómetros.  Cuando la situación se aclaró, unas horas después, se supo la verdad: el general (León) Cantave había entrado en Haití de nuevo y había atacado la guarnición de Juana Méndez.  El combate fue bastante largo, con abundancia de fuego de fusilería y ametralladoras”.

En el Libro Blanco publicado meses después por las Fuerzas Armadas para justificar el golpe contra Bosch, se da una versión distinta. “A las ocho de la mañana de ese día (23 de septiembre), el Presidente Bosch citó para una reunión a los Jefes de las Fuerzas Armadas.  En el curso de la misma ordenó al general Miguel Atila Luna, jefe de la Fuerza Aérea, que dispusiera de un avión militar para arrojar millares de volantes sobre Haití, cuyo texto había redactado de su puño y letra.  Le ordenó, además, que preparara aviones para bombardear Puerto Príncipe a las once de la mañana.  El Comodoro Rib Santamaría, jefe de la Marina de Guerra, propuso que se enviara una comisión a la frontera para conocer la verdad en el terreno de los hechos”.

Esta comisión realmente fue designada.  Estaba integrada por el mayor de Leyes Pedro César Augusto Juliao González, de la Fuerza Aérea; coronel piloto Ismael Emilio Román Carbuccia, subjefe de Estado, Mayor de la Fuerza Aérea; coronel Rubén Tapia Cessé, del Ejército; teniente coronel Pedro Medrano Ubiera, de la Fuerza Aérea, comandante del Grupo de Artillería; teniente coronel piloto José Joaquín Nadal Lluberes, de la Fuerza Aérea; capitán de navío Sergio de Jesús Díaz y Díaz; Díaz Toribio, subjefe de Estado Mayor de la Marina y Andrés Sanz Torres, inspector de ese cuerpo.  En otro avión volaría un grupo de periodistas de El Caribe y el Listín Diario.  Estarían también Rafael Bonilla Aybar, director de Prensa Libre.

El Libro Blanco relata que la comisión de militares y periodistas “regresó de la frontera alrededor de las 12:30 e informó que no había tal bombardeo, que no era cierto el informe del Señor Presidente de la República. En el avión militar trajeron al general haitiano León Cantave, que venía vestido con traje de casimir gris claro y portaba tres maletas.  Estaba limpio y se podía ver que no había sudado su camisa.  Inmediatamente después de su regreso, los militares informaron al Presidente Bosch que en la frontera no había ocurrido nada y que habían traído al general León Cantave vestido de civil y en perfectas condiciones.  El Presidente Bosch, visiblemente contrariado, se limitó a responder: Está bien, y se retiró de la reunión”.

Esa mañana Bosch envió un cable al representante dominicano ante la OEA a fin de que presentara una enérgica protesta por esta nueva agresión haitiana.  El canciller Héctor García Godoy, quien había sustituido a Freites, reunió al cuerpo diplomático para comunicarle la intención del Gobierno de dar un ultimátum a Duvalier para que cesara de inmediato el fuego contra una población dominicana.  El país, les dijo el Canciller, se reservaba el derecho de responder con los medios que considerara a su alcance.

Probablemente no se conozcan nunca todos los detalles de lo sucedido ese día.  Pero Bartolomé Benoit, entonces jefe del comando de Mantenimiento de la Base de San Isidro, a cuyo cargo estaban el cuidado de los aviones y los blindados, me relató, en todas las entrevistas que sostuvimos, que a muy temprana hora de esa mañana del 23 de septiembre fue enviado a buscar por el general Atila Luna.  El jefe de la Fuerza Aérea estaba con Bosch en el extremo de la pista, casi al borde los montes que la rodean, esperando dentro de un automóvil.  Las escoltas de ambos vigilaban unos metros más atrás.  Después de la breve presentación de rigor, el Presidente se dirigió a Benoit:

-¡Prepárese, coronel.  Quiero que nuestros aviones comiencen a dejar caer sus bombas sobre Puerto Príncipe a más tardar a las once de la mañana!-

Atila guardaba silencio.  Benoit se retira y comienza a hacer los arreglos para tener listos los aviones.  En cada una de nuestras entrevistas insistí con Benoit, hoy general retirado, con respecto a esta versión y siempre me contó la misma historia.

Luna, por su parte, tiene otra versión, aunque muy parecida y que encaja en el relato de los hechos que la prensa dominicana del día siguiente, 24 de septiembre, publicó de los incidentes en la frontera.  Según Luna, mientras se preparaban los aviones logra comunicarse por radio con el puesto militar de Dajabón y pregunta qué ha sucedido.  El sargento encargado de las comunicaciones le dice que no había acontecido nada grave.  Con excepción de unos cuantos disparos del otro lado, sin consecuencias, todo estaba normal.  Bosch le había convocado a su casa.  Cuando llega allí encuentra a varios ministros.  El de Obras Públicas, Del Rosario Ceballos, le saluda preguntándole que él necesitaría de su ministerio en caso de una guerra con Haití.  El general Luna le responde:

-¡Todo, señor Ministro.  Todo, incluyendo patanas para trasladar los tanques!

Después de una breve espera, la esposa del Presidente le dice que éste prefiere verle en el Palacio Nacional, para donde se propone salir de inmediato.  En el despacho presidencial aguardan los jefes de Estado Mayor de la Marina, Rib Santamaría, y del Ejército, Hungría Morel.  Al llegar Bosch con Viñas Román, el primero le dice a Luna:

-General,- ¿Pueden los aviones dominicanos bombardear el palacio presidencial de Haití sin tocar el hospital que está cerca?

-¿A qué distancia queda el hospital, señor Presidente?

-A unos quinientos metros.

-Podemos meter las bombas por las ventanas que usted desee.

-Pues comience el bombardeo a las once de la mañana (eran alrededor de las 8:30 a.m.)

-Bien, pues deme la orden por escrito, señor

-¡Yo soy el Presidente y le estoy dando una orden!

-Sí, señor. Pero debo dar esa orden más abajo por escrito.

Bosch alegó que los haitianos estaban atacando Dajabón.  Luna entonces le replicó que si eso fuera cierto él no necesitaba de una orden presidencial para responder a ese ataque.  Bosch le habría emplazado diciéndole a Luna si creía que él estaba hablando mentiras.

-“No, señor Presidente, pero es posible que los que le informaron sí estuvieran diciendo mentiras”.

Fue en ese momento en que el comodoro Rib Santamaría intervino para proponer el envío de una comisión a Dajabón.

Cualesquiera hayan sido los incidentes, lo cierto es que no hubo ataque alguno a Dajabón y que ese mismo día la Cancillería dominicana debió retractarse de las nuevas acusaciones contra Duvalier.  Bosch había quedado muy mal parado de esta segunda confrontación con su vecino hostil.  No cabían dudas de que su imagen ante los jefes militares había descendido con esta nueva crisis.

En su edición del día siguiente, feriado de la Virgen de las Mercedes, El Caribe expondría, en un editorial titulado “Alarma y confusión” el sentir de una parte importante de la opinión nacional:

“El pueblo dominicano vivió ayer largas hora de alarma y confusión, provocada principalmente por contradictorios boletines que intermitentemente estuvo transmitiendo la radio oficial sobre una supuesta invasión de territorio dominicano por tropas haitianas.  Finalmente quedó esclarecido que los sucesos de la fronteras se limitaron a un choque, en territorio haitiano, de fuerzas rebeldes contra fuerzas leales al dictador Duvalier.  Algunos fragmentos de bombas y ráfagas de ametralladoras disparados en esa refriega cayeron, aparentemente, en territorio dominicano.  Es natural y hasta patriótico estar siempre alerta ante cualquier movimiento que pueda poner en peligro la soberanía de la nación.  Pero es innecesario, por decir lo menos, provocar el pánico en la población mediante la exageración desmedida de los acontecimientos, antes de tener pleno conocimiento de ellos”.

Los acontecimientos del día alarmaron al círculo íntimo del Presidente de la República.  Mientras Bosch libraba su lucha inútil contra Duvalier y se reunía con los mandos militares, a escasa distancia del Palacio se desarrollaba otra reunión entre dirigentes del PRD y funcionarios del Gobierno.  Esta tenía lugar en la residencia de Quico Pichirilo, en la calle Doctor Delgado, frente a la parte oeste de la sede del Ejecutivo.  Había sido convocada a instancia de Diego Bordas y entre los asistentes se encontraba Bienvenido Fenelón Contreras Mejía, de 43 años, dirigente del Catorce de Junio. Manolo Tavárez había visitado personalmente esa tarde a Fenelón en su residencia del otro lado de la ciudad, en el ensanche Ozama, para encargarle la “delicada e importante” misión de representarle en esa cita. De mediana estatura, ancho de hombros y tupido bigote, Fenelón era un enlace del líder del Catorce de Junio con estamentos militares.  Esto se debía a que estaba casado con una pariente del coronel Neit Nivar Seijas, un oficial partidario del ex presidente Balaguer.

El propósito de esta reunión era discutir una estrategia conjunta para enfrentar la eventualidad de un golpe de estado que todos los reunidos allí daban casi como un hecho.  Al cabo de varias horas de discusión, acordaron que Bordas cruzara al Palacio y advirtiera a Bosch de la necesidad de hacerle frente a la conspiración.  Bordas regresó una hora después con la información de que el Presidente descartaba la posibilidad de un golpe militar.  Bosch le contó de un almuerzo reciente con oficiales y alistados de las Fuerzas Armadas.  A pesar del desarrollo de los acontecimientos de ese día y sus claras desavenencias con el mando castrense, sus relaciones con los militares eran, según explicó a Bordas, “de las mejores”.  El Presidente rechazó tajantemente una sugerencia del grupo de convocar al mando militar a una fiesta donde serían todos emborrachados y detenidos.

Fenelón Contreras fue de inmediato a informar a Manolo Tavárez.  Dándose un par de palmadas en la frente, éste dijo:

-Bosch ha perdido su última oportunidad.  Mañana será tarde para él.

Posted in El Golpe de Estado
agency orquidea

Más contenido por Miguel Guerrero