El mercado del libro dominicano se parece a esas tiendas viejas donde siempre hay luz encendida, pero nadie entra. Uno mira desde fuera y piensa que algo se vende, que algo se mueve, que detrás del mostrador hay una esperanza haciendo cuentas. Luego entra y descubre que no: lo que hay es resistencia.
Cada día resulta más difícil vender un libro en la propia patria, que debería ser el primer refugio del escritor y muchas veces termina siendo su primer desierto. Publicar en República Dominicana no es el problema principal. El problema empieza después, cuando el libro nace y no encuentra cuna. Hay autores, hay manuscritos, hay talento, hay ganas. Lo que falta son escaparates.
La gran librería del país reserva al libro dominicano un rincón pequeño, casi tímido, como si lo nacional pidiera perdón por ocupar espacio. Y mientras la Librería Trinitaria liquida inventario y memoria, muchos escritores sienten que también se liquida una parte del mapa cultural del país.
El tamaño de un escritor es su mercado. No porque el mercado mida el talento, sino porque permite que el talento circule. Un premio internacional no cae del cielo: antes hay lectores, conversación, libreros que recomiendan, mesas donde un libro espera a otro lector. Si el libro no se ve, no existe. Y si no existe aquí, difícilmente viajará fuera.
Los editores locales hacen lo que pueden. Corrigen, imprimen, presentan, acompañan. Pero nadie puede sembrar en una maceta y pedir cosechas de hectáreas. El espacio físico es escaso y el simbólico también.
Mientras tanto, autores extranjeros desconocidos ocupan vitrinas, supermercados y pasillos con una naturalidad que al escritor dominicano le está negada. No se discute la convivencia, se discute el desequilibrio.
Tampoco ayuda que el Ministerio de Educación, no tenga una política robusta de fomentar una cultura de lectores. Sin ellos, no hay mercado posible. Sin mercado, el libro local se regala o se amontona.
Haría falta una decisión sencilla y revolucionaria: abrir espacios para el libro dominicano. Librerías, ferias regionales permanentes, cafés literarios, bibliotecas vivas. Lugares donde vender, leer, discutir y escribir sea real.
Porque hoy, para demasiados autores, publicar es una alegría breve y vender una hazaña amarga.
Demuéstrame que estoy equivocado…
