El pasado lunes 4 de este mayo, celebramos el Dio del Trabajo y esto por esa magia de trastocar el calendario para acomodar fines de semana largos que incluyan lunes. El origen de este día no era “fiesta” si no conmemoración de las protestas obreras en Chicago de 1886, especialmente los sucesos del Haymarket Square, reclamando reducir las jornadas de trabajo de hasta 16 horas. Hubo enfrentamientos, muertos y condenas de líderes obreros que más tarde se consideraron mártires del movimiento laboral.
En nuestro país no siempre el día se celebró con tarimas, “puentes” para ir a la playa ni especiales de supermercado. Antes ese día olía a sudor de ingenio azucarero, a grasa de taller, a saco de arroz cargado al hombro y a manos callosas como marca del machete, con polvo de cemento y huellas de timón de guagua pública. Este día se ha transformado, al igual que el colmado, la política y hasta el saludo entre vecinos y pasó de ser una fecha de conciencia obrera a convertirse en un simple lunes “movible” con oferta de cerveza y tapones hacia los lugares de destino. No hacían falta discursos para saber lo que el trabajo era. Se aprendía viendo al padre levantarse antes que el gallo cantara, cuando el sereno aún mojaba las matas y olía a café de greca ennegrecida por el carbón. El trabajo no era “motivación”, era supervivencia. El obrero criollo trabajaba con fiebre, con el zapato que mostraba el “deo gordo” aunque los cuartos no alcanzaran más que para el arroz, el aceite y el bacalao del sábado. Era entonces el día del chofer de carro público que parecía conocer todos los hoyos de las calles; del obrero diestro en mezclar cemento a pala con un sol que freía huevos, de la mujer que trabajaba doble turno: del colmadero que abría cuando el sol era solo una idea y cerraba cuando se firmaba el último “vale”; de la enfermera que soportaba turnos de bestias limpiando miserias ajenas; de la mujer que trabajaba día y noche cocinando, lavando y criando muchachos con una chancleta, como instrumento disciplinario nacional. Los tiempos han cambiado y en esta modernidad de celulares inteligentes y conversaciones brutas, muchos entienden que trabajar es responder dos correos, una foto “motivacional” y escribir: “ando activo”. El sudor perdió prestigio y apellido. Hoy sobran los “expertos en gerencia”, “networking y emprendimiento”, pero escasea el que carga un block, el que siembra una yuca, o un plomero sin que cobre como experto internacional.
A este país no lo levantan los discursos: lo levantan los que se levantan temprano. Antes había marchas obreras hoy “especiales” en resorts. Se levantaban pancartas y hoy fundas de hielo para el bonche en el río. Aquí se aplaude más la riqueza repentina que la disciplina silenciosa. Con estos nuevos tiempos hasta el leguaje cambió de ropa: se decía con orgullo soy albañil, soy mecánico, trabajo en el puerto.
