Enigmático, invisible y misterioso. El de más difícil descripción, imperceptible a los otros cinco sentidos porque no se ve, ni se oye ni se siente, y mucho menos, se percibe su aroma; sin embargo, está latente y su existencia es inequívoca, como el brillo de las estrellas en el firmamento que está ahí, sin conocerse con certeza su origen, sin que medie una instrucción, pero igual, se cree en él y se sabe que está.
Como atributo ampliamente desarrollado en las mujeres, representa esa duda frente a lo desconocido que suele ser cierta, esa desconfianza en un proyecto que sin motivo aparente provoca no emprenderlo, ese hecho aislado que tintinea como una luz intermitente de advertencia para no ser ignorado tan fácilmente. Representa la razón por la cual esa persona que acaba de conocerse provoque una inexplicable antipatía, sin que haya abierto la boca y que esas vibraciones negativas aleteen cual mariposa invisible o que el cuerpo detecte la presencia de una persona antes de que la haya avistado, inexplicable, pero real.
El sentido menos conocido y subestimado ante los tradicionales viene de la intuición que provoca inquietud y no puede definirse, la llamada que evitó la tragedia, la palpitación que hace despertarse en medio de la noche, la convicción de que alguien está mintiendo o la predicción de que algo ocurrirá sin que se tenga poderes extrasensoriales. Ese no sé qué que produce escalofríos, fuera de toda percepción evidente, como un presentimiento de que el destino tiene otros planes y que ese camino que se presenta como la mejor opción puede tener trampas que, aunque no se vean, el tiempo las hará aparecer en su justo momento, cuando ya sea demasiado tarde, dando paso al arrepentimiento.
Aunque se le ha querido justificar con explicaciones científicas, es la demostración viva de que no todo es tangible ni se aprecia de manera material y que hay una sensación sobrenatural que nos alerta sin dirigirnos, que nos hace detenernos antes de tomar una decisión y que, disfrazado de corazonada, activa la intuición para andar con cuidado porque una pieza no encaja, aunque de manera racional no pueda justificarse de inmediato. Algunos, lo llamarán el ángel de la guarda; otros, pura casualidad, sin embargo, lo mejor es asumirlo como una fuerza invisible que nos protege, nos avisa y nos detiene a la reflexión para no actuar de manera precipitada, cuando lo que se percibe y la obviedad no resultan suficientes.
