Escaparse para reconectar

Suena extraño plantear, a primera vista, que para reconectar con el diario vivir -con la familia, el trabajo, los amigos, en fin-,una escapada sea el ingrediente perfecto.

Sin embargo, cuando salimos de esa zona de confort y de la rutina diaria hacia una experiencia que implica conocer un nuevo destino, o simplemente cambiar de aire y dejar la ciudad para ir al campo, la vida cobra otro color. No es solo “hacer turismo”;es permitirnos respirar distinto, observar con calma y volver con la mente más ligera.

Así como lo ha cantado Soledad, en su emblemático tema “Brindis”: “Seguir siguiendo al corazón y coquetear con la intuición. Seguir creciendo y esquivando las rutinas”.

Lo digo con conocimiento de causa. Mi última experiencia en ese sentido la viví hace poco, cuando mi esposo, influenciado por dos sobrinos, decidió que fuéramos a Cancún.

Yo abrí los ojos y pregunté: ¿Cancún? No porque no fuera interesante, sino porque no estaba en nuestra lista de interés; nunca lo mencionamos. Aun así, ese viaje preparado de manera rápida, casi sin pensarlo, terminó siendo la escapada perfecta para vivir unos días de respiro: de contacto con la naturaleza, de caminar, de mirar y de conocer cosas nuevas que se quedan en la memoria del alma.

Una de ellas fue visitar una de las siete maravillas del mundo;el templo de Kukulcán. ¡Cuanta historia y cuánto aprendimos!

Y de repente -como pasa cuando el corazón se desconcierta para mejor-conectamos con otra cultura, con otra historia y con otras personas. Esa mezcla nos ayudó a valorar más lo que tenemos, lo que somos y lo que hemos construido juntos. También nos recordó algo sencillo pero poderoso: que a veces el agotamiento no se cura con más exigencia, sino con pausa; y que la distancia nos hace volver con más gratitud, allí donde nos toca seguir creciendo, trabajando y haciendo.

Este viaje, aunque relámpago, nos dejó un sabor dulce. Me hizo pensar en algo que muchas veces olvidamos: que no todo necesita planificarse en exceso; que hay que dejarse llevar, vivir el presente y permitir que la vida -con lo que trae- nos enseñe. Porque, al final, la vida se trata de eso: vivir.

Cancún me enseñó nuevas cosas y también una gastronomía diferente. Me permitió socializar con personas distintas y descubrir que, cuando entrenamos la capacidad de valorar cada detalle y cada momento, todo se hace más llevadero y mejor.

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