El pasado 16 de mayo se conmemoró una fecha que no debe olvidarse. Hace 84 años, las mujeres dominicanas pudieron ejercer por fin un derecho que hasta entonces les había sido negado: el voto. No fue un regalo, fue el fruto de luchas, organización y valentía. Y marcó, en gran medida, el inicio de un camino más amplio de derechos a favor de la mujer. Hubo que abrir puertas, derribar prejuicios y enfrentarse a una sociedad que durante mucho tiempo insistió en que la mujer debía permanecer en silencio.
Es cierto; las mujeres hemos avanzado. Sería mezquino no reconocerlo. Contamos con posiciones de liderazgo empresarial y social; hemos ganado espacios en las universidades, impulsamos el emprendimiento y participamos en decisiones que antes nos eran ajenas.
Pero estos avances sólo tienen sentido si también defendemos lo más preciado: la vida. Sin seguridad, sin respeto y sin garantías, ningún derecho se vive plenamente. En estos días, los feminicidios nos arropan. Y cuando la violencia irrumpe, es común que aparezcan excusas y búsquedas apresuradas de culpables.
Hay quienes llegan incluso a afirmar -como si fuera una explicación certificada- que el problema radica en supuestas conductas de las propias mujeres. Ya he escuchado algunas teorías que dan grima.
Otros intentan vestir la violencia con argumentos religiosos o con una visión de la mujer como propiedad, como si la vida de alguien pudiera ser decidida por voluntad ajena. Sin embargo, la realidad es otra, las políticas públicas existen, y las autoridades han intentado reducir los feminicidios, pero la violencia baja en ciertos periodos y en otros reaparece, como si fuera una práctica aprendida. Desde el Congreso han surgido voces que insisten en que este flagelo no es tarea exclusiva del Ministerio de la Mujer, sino un compromiso colectivo, lo que también comparto.
La formación comienza en casa. La madre, el padre y la familia deben enseñar que todos somos iguales y que el respeto no se negocia, mientras el niño aprende a reconocer la dignidad y no el golpe. Todos hemos aportado un granito de arena, para que todavía duela aceptar que los feminicidios son una realidad. En lugar de buscar culpables, construyamos sociedad; una sociedad más justa y menos violenta.
Ojalá que estos casos que nos conmueven , nos obliguen a actuar, a revisar nuestras ideas y a pensar distinto.
