Hay que parar la violencia

El sábado pasado no fue un día cualquiera. No fue una jornada marcada por la rutina del descanso o los pendientes del hogar; fue, más bien, un día que me obligó a frenar en seco y recordar, de golpe, el valor de la vida, el peso de la familia y el propósito real de por qué y para qué estamos en este mundo. A veces, la claridad llega de la forma más abrupta y aterradora posible.

A una persona, en un arranque de irracionalidad, se le ocurrió entrar a un centro de servicios y atención al cliente con una pistola en mano. Entró apuntando, con el rostro endurecido, sin detenerse un segundo a medir las consecuencias devastadoras que su impulsividad pudo haber provocado en un abrir y cerrar de ojos. En ese instante, el murmullo habitual del lugar fue reemplazado por un silencio sepulcral, un miedo denso que se podía respirar.

A mi lado, una señora que esperaba pacientemente su turno me susurró con la voz entrecortada: “Estamos mal, ¿qué nos ha pasado como sociedad? Él no sabe si aquí aparece otro más loco que él y las cosas se ponen peor”.

Sus palabras resonaron en mi mente como un eco amargo. Tenía razón. Nos hemos convertido en una sociedad donde la intolerancia y la violencia parecen ser la respuesta inmediata ante cualquier fricción, por mínima que sea. Sólo hay que ver las redes. Al investigar las causas de tal acto de irresponsabilidad ciudadana, la sorpresa fue aún mayor: el conflicto era una nimiedad, un trámite. Ciertamente, hay que estar muy mal de la cabeza para intentar resolver una situación burocrática simple mediante la intimidación de un arma. Es el síntoma de una mente que ha perdido el norte y el respeto por el prójimo, propio de alguien con necesidad de atención por salud mental.

En este lunes de Semana Santa, un tiempo que tradicionalmente dedicamos a la reflexión y al sosiego, aquel episodio -que gracias al Señor pudo ser resuelto sin una tragedia que lamentar- me lleva a pensar en lo que realmente debemos valorar. La vida es un regalo único que se nos entrega una sola vez y que puede extinguirse por el capricho de un intolerante. No me atreví a acercarme al osado señor en aquel momento, pero ojalá que su malentendida valentía no lo lleve en algún momento, a cometer algo de lo que no pueda arrepentirse.

Sin dudas, la verdadera fuerza no reside en aparentar lo osados que somos, sino en la capacidad de dominar los impulsos para preservar la paz, una paz que nos ha costado mucho y que todos debemos mantener.

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