Sanemos el lenguaje

Llegó la Resurrección del Señor, y con ella debería llegar también un tiempo de reflexión. Sin embargo, para muchos esos días fueron todo lo contrario: escapadas a Las Terrenas, fiestas y excesos. En medio de la algarabía de la Semana Santa -que culminó ayer-hubo quienes arriesgaron la vida para salvar a otros que se comportaron con irresponsabilidad. Pero más allá de los episodios aislados, hay mensajes que conviene escuchar con atención.

La hermana Lourdes Martínez cerró con la séptima palabra en la Catedral Primada de América el pasado Viernes Santo. Su voz no sólo resonó en el templo: su mensaje tocó varios puntos que nos interpelan.

Quiero detenerme en uno en particular: la necesidad de sanear el lenguaje, de ser más amables y menos hirientes al hablar. Ella nos invitó a actuar en favor de una sociedad que ya está emocionalmente herida; los resultados son evidentes cuando los titulares se llenan de tragedias: suicidios, feminicidios y hechos que nos arrebatan vidas valiosas que también merecen nuestra mirada y cuidado.

Ese llamado de atención nos concierne a todos. Hay que revisar cómo nos relacionamos y cómo nos expresamos. Su mensaje va directo al corazón al proponernos promover una comunicación más humana y respetuosa: palabras que reconozcan la dignidad del otro y que, lejos de herir, reconforten y estimulen la esperanza.

Al iniciar esta semana post-pascua, conviene retener esas palabras humildes y profundas de la hermana Lourdes. En un país -y en un mundo- llenos de violencia y fracturas, los que podemos actuar con conciencia, sabiduría y amor no debemos limitarnos al lamento. Si no ponemos aunque sea un granito de arena, seguiremos siendo espectadores de la desolación y de todo lo que llega con ella.

Aceptemos la invitación a mirar la cruz no como símbolo de derrota, sino como camino hacia la vida nueva. Que esa nueva vida en Cristo nos mueva a actuar pensando en el hermano: el vecino, el compañero de trabajo, la persona en situación de calle, la joven embarazada que no tiene apoyo.

Miremos con los ojos de los que menos tienen, atendamos el sufrimiento y midamos nuestras palabras y actos por el impacto que tienen en los demás -ya sea positivo o negativo-, aunque a veces pensemos que nadie nos observa.

Si queremos una sociedad más sana, empecemos por sanar nuestro lenguaje y nuestras acciones. La resurrección nos ofrece la oportunidad de transformar el dolor en esperanza; depende de nosotros tomarla.

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