Que la Feria del Libro del Cibao se dedique al expresidente Ulises Francisco Espaillat es, por parte del ministro Roberto Ángel Salcedo, un acierto poco frecuente: no busca la ovación fácil, sino la exactitud. Muchas ferias del libro derivan —sin culpa— hacia la ceremonia repetida: palabras intercambiables, entusiasmo de temporada, una euforia que se apaga cuando cierran los puestos. Todo eso es comprensible e incluso necesario. Pero, a veces, una dedicatoria justa tuerce la rutina y convierte la celebración en examen: del pasado y, sobre todo, del porvenir.
Espaillat gobernó poco y, sin embargo, dejó mucho. No por la grandilocuencia ni por el repertorio de gestos espectaculares con que suele fabricarse la leyenda política, sino por una virtud menos rentable y más rara: la decencia. En tiempos de caudillos y pólvora —cuando el mando personal se confundía con destino— eligió la ley, la moderación y la responsabilidad. No construyó enemigos para parecer grande; no necesitó dramatizar el poder para ejercerlo. Dejó un ejemplo. Y un ejemplo, en política, es un espejo peligroso: obliga a mirarse sin coartadas.
Ese legado incomoda porque no sirve para la propaganda. No trae frases incendiarias ni escenas heroicas, tan útiles para el folclore del poder. Trae algo más exigente: una conducta. Y la conducta no se aplaude sin consecuencias; se compara. Toda comparación termina siendo un juicio.
Que una feria regional recuerde a Espaillat es recordar, también, algo que muchos prefieren olvidar: la política forma parte de la cultura. No solo administra recursos; modela hábitos, instala tolerancias, educa a una sociedad en lo que considera aceptable. Los pueblos aprenden de lo que celebran y, con la misma facilidad, desaprenden lo que dejan de nombrar.
El riesgo, por supuesto, es el de siempre: convertir a Espaillat en estatua. Las estatuas tranquilizan: no exigen nada. Se les rinde homenaje una vez al año y se las devuelve, discretamente, a su silencio. Pero el legado de Espaillat no fue ornamental. Fue una renuncia consciente a la imposición; una afirmación de límites en un país que tantas veces confundió autoridad con fuerza. Volverlo bronce sería una traición elegante. La dedicatoria, en cambio, lo devuelve al debate: lo saca del mármol y lo pone —incómodo— en la conversación pública.
El Cibao, con su densidad empresarial, intelectual y política, ha producido liderazgos decisivos. Pero toda región corre el peligro de museificar su pasado: celebrarlo como si fuera un álbum cerrado, un orgullo sin obligaciones. La memoria útil no es la que adorna, sino la que incomoda. No basta con honrar nombres; hay que preguntarse qué nos reclaman hoy.
Inevitablemente, esta dedicatoria roza el presente. Porque si se exalta una ética, es para medir con ella las prácticas actuales. Se necesitan figuras capaces de sostener banderas morales sin degradarlas en consigna.
Pero ninguna persona —por sensata que sea— puede cargar sola una tradición moral. Lo decisivo es menos vistoso y más eficaz: ciudadanos exigentes, instituciones vigilantes, una cultura crítica que no se conforme con el aplauso. Ahí es donde una feria del libro deja de ser un acto social y se vuelve política en el sentido más noble: formación de criterio.
Si la Feria del Libro del Cibao consigue que el nombre de Ulises Francisco Espaillat deje de ser una lección dormida y vuelva a operar como una pregunta incómoda —¿cómo se gobierna con decencia? —, habrá cumplido su misión verdadera: no vender libros, sino despertar conciencia. Y en estos tiempos, eso ya es mucho.
Demuéstrame que estoy equivocado.
