Atardecer invernal

El atardecer de ayer no fue un hecho trivial. Lo digo yo, que cada tarde insisto en liberarme de mi condición numeral, para levantar la vista hacia el cielo. El de ayer fue sencillamente un atardecer sin igual. Porque en materia de atardeceres no hay dos. Porque cada día envejece un poco el sol. Porque cada minuto las nubes no pintan los mismos conejos, ni los mismos pájaros de cristal, ni los mismos monstruos que se burlan, socarrones, de su propia fugacidad. El atardecer de ayer, alto, azul-blanco-anaranjado, fue lento, parsimonioso, como la danza de un vals. Fue un atardecer invernal, de esos que te reiteran que vale la pena vivir.

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