El 29 de noviembre de 1976, la UNESCO acordó postergar por un término mínimo de dos años la controvertida resolución sobre medios masivos de comunicación que, según sus oponentes, llevaría al control estatal de la prensa.

La conferencia general de 141 miembros tomó la decisión sin recurrir al voto en sesión plenaria con el fin de evitar una abierta disputa entre la Unión Soviética, que respaldó la medida, y Estados Unidos de América que se opuso a ella. El jefe de la delegación estadounidense, John Reinhard, expresó en una declaración que se encontraba “muy feliz por la decisión”, en tanto que un vocero soviético “deploró” que no se hubiera aprobado el texto sobre la prensa, quedando postergado para la conferencia general de 1978.

Estados Unidos, Europa Occidental, Suiza, Austria y los países nórdicos se opusieron firmemente al proyecto de resolución, especialmente por el pasaje que decía: “Los estados son responsables por las actividades que realicen en la esfera internacional los medios de comunicación de masas bajo sus respectivas jurisdicciones”.

Aunque esa fue la disposición más combatida de la moción soviética no era la única considerada objetable. Algunos delegados, pero muy especialmente las asociaciones de periodistas que habían mantenido una estricta vigilancia sobre la conferencia de Nairobi, objetaron el título mismo de la proyectada resolución; en razón del empleo de la expresión “uso de los medios de comunicación”.

Asimismo, se objetó la redacción de varios de los artículos, trece en total, del proyecto de Declaración porque se estimó que tendían a consagrar internacionalmente principios que iban contra el concepto tradicional de la libertad de expresión.

Pese a que el proyecto soviético era el más peligroso, las naciones del Tercer Mundo consiguieron que se aprobara una resolución, sometida por Túnez, por virtud de la cual se disponía que la UNESCO y sus miembros ayudaran técnica y económicamente a los países en desarrollo para reforzar sus medios de comunicación, y muy especialmente sus agencias de noticias, en un esfuerzo por poner fin a lo que se consideraba una falta de equilibrio en el flujo de noticias entre el grupo de naciones ricas y el de naciones pobres.

Aunque el proyecto tunecino fue aprobado a unanimidad, existían serios temores de que en la práctica condujera a fricciones, toda vez que el concepto de los países “no alineados” sobre los medios de comunicación no correspondía al de las naciones desarrolladas.

Para quienes favorecían medios de comunicación ajustados al marco de las libertades democráticas, la propuesta para que los gobiernos fueran considerados responsables de las actuaciones de su prensa, que acababa de ser pospuesta por la UNESCO, tenía una tonalidad orwelliana.
Esos temores no se despejaron y más bien fueron fortalecidos después que un general de Uganda explicó por qué era necesaria en su país una prensa controlada por el gobierno. “El pueblo de Uganda”, dijo el general Barnabás Kili, ministro de Educación de la nación africana,” todavía no está en posición de pensar y de decidir por sí mismo”.

Este no era el único ejemplo, aunque quizá sea el más reciente del choque entre filosofías, aparentemente irreconciliables, acerca del papel de los medios de comunicación tanto en el ámbito nacional como internacional que tuvo como escenario la asamblea general de la UNESCO que se celebró en Nairobi durante siete semanas.

La mayoría de las naciones del Tercer Mundo mostraban, a medida que pasaba el tiempo, una hostilidad más acendrada hacia la prensa organizada sobre el principio de la libertad de expresión. Consideraban que la misma sólo se concentraba, cuando tocaba al Tercer Mundo, en los desastres de la naturaleza, la inestabilidad política y los aspectos más raros de las características de cada nación.

Al mismo tiempo se decía que los medios de comunicación debían de estar al servicio del desarrollo económico y que la gente, al igual que el mundo, sólo debe estar enterada de lo que los gobiernos desean que conozcan.

Falla plan


El esfuerzo por implantar esa filosofía de una manera abierta, contenido en una ponencia soviética sobre el “uso” de los medios de comunicación para combatir el racismo, la propaganda bélica y el apartheid, no tuvo éxito esa vez. Pero tampoco fue derrotado. Todo cuanto se logró, después de que algunos países dejaran bien en claro que la adopción de esa propuesta podía significar el fin de la propia UNESCO, fue que se pospusiera hasta la siguiente asamblea a celebrarse dos años después, en 1978.

El punto clave del proyecto soviético de resolución estaba en su artículo 12, que textualmente decía: “Los estados son responsables de las actividades que realicen en la esfera internacional los medios de comunicación de masas bajo sus respectivas jurisdicciones”.

Muchos observadores occidentales alegaban que eso significaba que el periodismo democrático y libre debía ser reemplazado por otro de inspiración oficial que encontraría su mejor representación en los llamados pools de agencias gubernamentales de noticias que estaban siendo patrocinados por las naciones no alineadas del mundo en desarrollo.

Tercer Mundo
La creación de ese tipo de agencias recibió la bendición del Tercer Mundo ese mismo año en conferencias internacionales celebradas por separado en New Delhi, Sri Lanka y Costa Rica. En la reunión en este último país de una manera que se consideró muy extraña, el concepto fue propugnado y defendido no por las naciones totalitarias del Continente sino por los representantes entonces de regímenes de estructura democrática como los de Venezuela, Costa Rica, Colombia y México. En esa ocasión los venezolanos actuaron como abanderados del movimiento para crear las agencias oficiales de noticias.

“Creemos que sería trágico si estas proposiciones contrarias a la prensa fueran adoptadas”, dijo George Beebe, editor asociado de The Miami Herald y presidente del Comité Mundial de Libertad de Prensa que envió a varios de sus miembros a comienzos de la conferencia para exponer sus puntos de vista sobre los proyectos de resoluciones. Uno de los participantes en la misión fue el director de El Caribe, Germán E. Ornes, vicepresidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.

“Si criticamos a UNESCO”, dijo Beebe, “es porque ha permitido que cuestiones políticas ensombrezcan la razón real de su existencia. Los esfuerzos para controlar o amordazar a la prensa no entran dentro del ámbito de operaciones educacionales, científicas o culturales”.

Lo que necesitan las naciones en desarrollo, dijo Darious Mbela, secretario permanente de Información de Kenia, donde funcionaba una de las prensas más libres del África, son medios de comunicación dedicados al mejoramiento nacional y no a imitar al Este o al Oeste.

“Pero lo que encontramos en la mayoría de las naciones en desarrollo” dijo, “es una prensa que unas veces es portavoz de la influencia de las grandes potencias que normalmente nos es ajeno y que otras es un órgano de los gobiernos. En el primer caso, el lector es amoldado a aspirar por intereses extranjeros, y en la mayoría de los casos decadentes, y en el último al lector se le ponen anteojeras para que sólo reciba la información que los gobiernos consideran que es seguro para ellos dar a conocer”.

Freedom House, una organización con base en Nueva York, que mantenía una observación constante sobre el estado de los derechos civiles y políticos, estimaba que menos del 20 por ciento de la población de 4,000 millones de almas que tenía entonces el mundo estaban expuestos a los efectos de una prensa relativamente libre. Mucha de esa gente vivía en países donde la prensa ya estaba sometida al control absoluto del Estado.

Los partidarios de una prensa libre temían que los regímenes de los países dictatoriales o autoritarios recibieran autoridad moral para prohibir todo, menos la versión oficial de los acontecimientos, si la UNESCO, adoptaba resoluciones que, en efecto, “abran las puertas a la censura oficial”.

Contrario a constitución
Eso, sostenían, sería contrario a la Constitución de la UNES-CO que abogaba por el libre flujo de informaciones. Por ejemplo, Clayton Kirkpatrick, director de The Chicago Tribune y miembro de la delegación oficial de los Estados Unidos de América a la conferencia de Nairobi, dijo en los días iniciales de la reunión: “Si los medios de comunicación son encadenados con el respaldo moral de UNESCO, ¿le tocará el turno luego a la libertad académica?
¿Será la libertad de investigaciones científicas el blanco próximo?
¿Será atacada la libertad de gozar de diversidad cultural?”.

Por su parte, la Unión Soviética defendió su declaración. Uno de sus delegados negó que la aceptación de la misma extinguiera el libre flujo de noticias en el mundo. “No lo entendemos así”, dijo. “Sólo significa que el Estado tiene la responsabilidad de la conducta de las agencias telegráficas y de las estaciones radiodifusoras propiedad del Estado”. Esa explicación no convenció a nadie. En efecto, si fuera así no sería necesaria la declaración que con tanto ardor defendía la Unión Soviética.

Complace SIP rechazaran moción rusa en Nairobi
El 30 de noviembre, según un despacho fechado en Miami por la AP, la Sociedad interamericana de Prensa (SIP) expresó su satisfacción por el rechazo de una propuesta que “hubiera puesto el sello de aprobación de la UNESCO al sistema soviético de control oficial” de los medios de comunicación.

Guido Fernández, presidente de la Comisión de Libertad de Prensa e Información de la SIP y director de La Nación, de San José, Costa Rica, dijo, sin embargo, que la victoria era solo “un respiro” y que la SIP se mantendría en guardia contra todo intento futuro de socavar la libertad de expresión.

Fernández dijo en su declaración: “La decisión de la Conferencia General de la UNESCO de postergar durante dos años una declaración de inspiración soviética, que implica el control estatal de los medios de comunicación, proporciona un respiro, pero en modo alguno la paz completa, en la lucha para resguardar el derecho humano fundamental a la libertad de expresión. Nos complace que ha culminado con éxito la campaña iniciada por la SIP en su asamblea de Sao Paulo en 1975 y que llegó a una etapa dramática en la confrontación que tuvo con la UNESCO en julio de este año en San José”.

“La decisión de la UNESCO en su conferencia de Nairobi confirma que por ahora el enemigo ha sido derrotado. Sabemos, sin embargo, que los ataques contra la libertad de información y opinión habrán de continuar, dentro y fuera de la UNESCO. La SIP no bajará la guardia un solo instante”, dijo Fernández. “Finalmente, nos complace que la UNESCO haya resuelto consultar con agrupaciones de periodistas profesionales antes de volver sobre el tema de los medios de comunicación en su próxima conferencia general en 1978”.

Howard Kaplan, de The Los Ángeles Times, y autor de “The Chopin Express”, novela autobiográfica sobre sus experiencias y detención en la Unión Soviética, explicó cómo los disidentes rusos eludían la censura a sus publicaciones

En un despacho fechado el 11 de enero de 1977, decía que cada duplicadora y máquina copiadora de la Unión Soviética tenía un oficial de la policía secreta directamente responsable de lo que se reproducía en ella. Antes de que el operador pudiera usar dichas copiadoras, debía pasar a escrutinio y la aprobación del KGB. Ninguna persona privada podía comprar ni tener acceso directo a una máquina duplicadora.

Todas las máquinas de escribir de la Unión Soviética tenían que ser registradas en la policía al momento de su compra. Se tomaba nota de su número de serie, nombre y dirección del propietario. Se guardaba una página de muestra: el tipo particular de la maquinilla es tan identificante como las huellas digitales. La página de muestra era alimentada a una computadora del KBG.

A pesar de esas medidas, los manuscritos sin publicar encontraban amplia distribución en la Unión Soviética.

Los detalles de su divulgación y exportación clandestina a Occidente eran muchas veces tan emocionantes como los propios manuscritos, escribió Kaplan. Igualmente, intrigante era la forma como se introducían en Rusia los libros ilegales. “Y luego hay los que creen que las actuales negociaciones entre Rusia y una hueste de editoras internacionales emprendidas agresivamente en la Feria del Libro de Moscú en 1977 señalan mayor flexibilidad en la guerra a la palabra desatada en Rusia”.

Según Kaplan, los orígenes de la protesta datan de 1820, cuando gente como el poeta Pushkin y el dramaturgo Griboyedov distribuían privadamente sus obras censuradas en manuscrito. La censura reinó también en la primera época comunista, tomándose más flexible bajo Kruschev, especialmente en el período de 1959 a 1962 y culminando con la publicación oficial de la impactante obra de Solzhenitsyn Un día en la vida de Ivan Denizovitch.

Para 1965 empezaron de nuevo los arrestos. El año siguiente, Andrei Sinyavsky y Yuli Daniel fueron acusados de publicar con seudónimos obras difamatorias en Occidente y fueron condenados a siete y cinco años, respectivamente, en campos de concentración. Sus procesos propulsaron una inmensa protesta literaria clandestina cuyas obras tomaron un nuevo y expresivo nombre, Samizdat.

“El Samizdat es prototípicamente las copias mecanografiadas o fotografiadas de una obra no aprobada por la censura. El autor o un amigo mecanografía otra vez el original en una maquinilla no registrada con todas las copias carbón que quepan en la máquina. (Como el papel soviético corriente es muy grueso, a los empleados de las papelerías se les exige informar todas las compras cuantiosas de papel cebolla)”, escribió Kaplan.


Los escritos con gran demanda circulaban de mano en mano y a veces encontraban en el camino hasta “un fotógrafo comprensivo” que producía un número indefinido de copias en su cuarto oscuro.

Según Kaplan, los libros ilegales llevados desde el Oeste eran muchas veces reproducidos en esa forma y alcanzaban amplia circulación porque no había temor de que se pudiera llegar a determinar la cámara reproductora. Conscientes de esto, el KBG empleaba miles de agentes incitadores que trataban de atrapar a los culpables ofreciéndoles copias de Samizdat clandestinos.

“El disidente soviético que quiere distribuir su obra tiene que buscar un fotógrafo o un intermediario”, escribió.

Mientras realizaba investigación para “The Chopin Express”, Kaplan conoció a un inmigrante ruso en Viena que le explicó cómo su libro fue reproducido en microfilm. Un amigo de confianza le dijo que fuera a un restaurante y que llevara un gran ramo de flores y ocultara el manuscrito entre el follaje y la envoltura. Allí se encontró con una mujer cuyo atuendo le había sido descrito y fungiendo conocerse, le hizo entrega de las flores.

Luego, cuando salieron, ella le dijo que un hombre con un sombrero de un color específico lo estaría esperando cerca del teatro en el parque del Mermitage a las seis de la tarde. Doce días después su amigo hizo un segundo contacto y le pusieron el microfilm en un bolsillo. Kaplan nunca supo quiénes fueron sus dos intermediarios ni tampoco preguntó.

Los escritores rusos, aun los que realizaban estudios tan inocuos como la descripción de los bosques de Moscú, no podían sacar de Rusia manuscritos no publicados cuando emigraban. Se les permitían exportar los libros censurados, pero sin la aprobación del censor nada salía. Empero se sabía que varios manuscritos habían salido de Rusia en el curso de los años. ¿Cómo habrían encontrado la vía de salida?

Kaplan contó sobre el libro que le fue entregado en Moscú.

Durante mi primer viaje a Rusia pasé allí 12 días como turista. Al decimotercer día me dirigí a la Plaza Roja y a una hora señalada recorrí una ruta aprendida previamente de memoria. Al llegar a un apartamiento designado toqué a la puerta. Un instante después dos hombres me tomaron del brazo por detrás y sin decir nada, me condujeron a un edificio a tres cuadras de distancia. Me guiaron a un estudio oscuro donde esperaba un grupo de disidentes. Me explicaron qué anillos habían estado vigilando desde la Plaza Roja para cerciorarse de que el KBG no me estaba siguiendo. Si me hubiesen seguido me hubieran dejado tocar a la puerta del apartamiento vacío y luego hubiesen tratado de establecer contacto con otra persona.


“El plan, concebido por un ex oficial británico de inteligencia, establecía que yo debía de abrir cuidadosamente el casete interior amarillo de una caja de película de 35 milímetros y ponerle entonces el microfilm. Envolví el interior del casete en papel de plomo para semejar una película sin abrir y luego volví a ponerlo todo dentro del receptor metálico. Cerré bien la caja y puse el rollo en el estuche de mi cámara con otra docena de rollos de película sin usar, Lo pasé por la aduana sin incidente alguno”, escribió Kaplan.

Los diplomáticos dispuestos a arriesgarse a sacar manuscritos de la Unión Soviética solían aceptar manuscritos únicamente dentro de los confines de su embajada. Si bien los propios rusos no podían entrar a esas embajadas, los extranjeros sí podían. En ocasiones turistas seleccionados y entrenados recogían un manuscrito y entraban a una embajada cooperadora bajo el pretexto de ser amigo íntimo de, digamos, la hermana del embajador. Una vez dentro del edificio, la transferencia se hacía silenciosamente mientras los participantes conversaban sobre una amiga ficticia, según el relato del periodista estadounidense.

Se invertía tanta energía en llevar libros a Rusia como en sacarlos del país. No sólo se utilizaban métodos clandestinos, sino que en años anteriores hubo contactos crecientes entre los editores soviéticos y norteamericanos. Las entregas clandestinas de libros y la Feria del Libro de Moscú de 1977, que recibió gran publicidad, trataban de lograr los mismos fines.

Kaplan concluía su relato señalando que en la Unión Soviética estaban oficialmente prohibidos los impresos que tuvieran sentimientos anticomunistas o propaganda sexual o bélica. Pero en el floreciente mercado negro junto a la Plaza Dzerzhinsky se encontraba de todo y las ediciones en rústica costaban hasta $50.

Un gran porcentaje de los 250,000 norteamericanos que visitaban Rusia todos los años no volvían a los Estados Unidos con los libros que introducían en Rusia. La mayoría los entregaban a conductores de taxi, camareras y gente que conocían durante su visita. Los miembros del movimiento judío le llevaban un flujo constante de libros de hebreo a quienes el gobierno les prohibía estudiar dicho idioma.

Fuente de ediciones de contrabando eran los barcos de lujo que el gobierno ruso le arrendaba a Occidente. Los turistas a bordo invariablemente dejaban en sus camarotes los libros que ya habían leído.

Al volver a puerto soviético se le ordenaba a la tripulación que registrara el barco y quemaran los libros que encontraran. Muchos preferían guardárselos en el bolsillo para venderlos en el mercado negro.

Empero, la mejor forma de llevar los libros al público amplio y muy letrado de Rusia era mediante el tipo de negociaciones internacionales que se iniciaron con la firma soviética de la Convención Universal de Derechos de Autor de 1973. Entonces se debatía la posibilidad de abrir una librería de libros en inglés en Moscú, aunque era difícil imaginar cómo se mantendría abastecida. “Cuando se abrió en Moscú una librería de libros en francés en 1963 vendió toda su existencia en una sola semana y luego cerró sus puertas, permanentemente”, escribió Kaplan.

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