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El presidente Luis Abinader debe de estar espantado presenciando la inutilidad de servidores pagados, porque lo que se lee y escucha por medios y redes del expresidente Danilo Medina por aquellos que alguna vez fueron sus serviles seguidores, podría sucederle también a él cuando concluya su mandato. Si eso lo ha sufrido su antecesor una vez tan elogiado, imagínense lo que le podría venir después, incluso desde ese litoral de apátridas morales, cuyo canto, como todo buen gorrión, depende del volumen de alpiste que se les ponga.

Por tal razón, el mejor antídoto presidencial contra tan camaleónica práctica de deslealtad política, es cerrar los oídos y los ojos a las lisonjas, poner sus orejas en el corazón del pueblo para mantenerse al tanto de sus latidos y escuchar las críticas de sus adversarios y de la prensa, aquella que aprecia su independencia y tercamente se aferra a ella, aunque pague por ello un alto precio.

Abinader asumió la presidencia en una situación en extremo delicada y él lo sabe mejor que nadie. La pandemia sanitaria y el paso reciente de Fiona han puesto en evidencia nuestra terrible debilidad ante cualquier adversidad.

Sin embargo, la tragedia que acabamos de pasar y la desigualdad social podrían representar una enorme oportunidad para su presidencia y la de quien llegara a sustituirle. En su caso, es una lástima que su inicio tan prometedor se eclipsara por designaciones y propuestas que contradicen el espíritu del compromiso asumido al asegurarle al país que con él muchas cosas serían distintas.

Posted in La columna de Miguel Guerrero
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