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Nada muestra el penoso abandono de los cementerios como el auge que ha tenido el negocio de los cementerios privados. El abandono en que se encuentran esos lugares públicos, es evidente señal del desprecio nacional por los asuntos más solemnes. Situación que en realidad no se limita a los llamados campos santos, sino a la mayoría de los monumentos, incluidos aquellos relacionados con hechos de relevancia histórica.

Ni la bandera nacional queda a salvo, como se observa en la negligencia que supone el uso de dos colores azules en sus cuadrantes, como es fácil observar en las oficinas públicas, sin excluir el propio Palacio Nacional, el Congreso y la propia Suprema Corte, que en una oportunidad emitió un valiosísimo folleto sobre la enseña patria y la manera en que esta debe ser respetuosamente tratada.

Recuerdo una escena tomada hace años cuando una patrulla policial le rendía honores a un sargento de ese cuerpo asesinado por delincuentes. Mostraba el instante en que se disparaba una salva, dentro de densos matorrales a la altura casi de las rodillas y en las que apenas podían notarse las lápidas del cementerio.
Esa misma semana escribí, acerca del poco respeto que las autoridades municipales de entonces se tenían a sí mismas, faltando a su responsabilidad de atender esos lugares. Ese irrespeto oficial por los muertos alienta el temor que los deudos sienten cuando visitan los cementerios públicos, donde bandas de todas las edades se han apropiado de esos espacios, hurtando ataúdes y revendiendo las flores que los familiares depositan ante las tumbas de sus seres queridos fallecidos.

El estado de abandono de esos lugares públicos constituye una vergüenza, porque por todos es sabido que en otros países los cementerios son sitios bien cuidados, donde se respira tranquilidad y los muertos verdaderamente descansan en paz, lo que en el nuestro se les niega.

Posted in La columna de Miguel Guerrero
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