Batear de 300 en política es muy difícil

La política y el béisbol son nuestras dos grandes pasiones y en la primera frecuentemente se olvida que el éxito y la fama en el deporte le llegan a un jugador cuando logra la cifra mágica de los 300, para lo cual sólo se necesitan tres imparables en cada diez turnos al bate. Hago mención de esto por la añeja y errada costumbre, vuelta a la vida en cada campaña, de sostener la crítica a un programa de gobierno sobre la base de que sólo se haya cumplido parcialmente lo prometido.

Sostener, por ejemplo, estructuras de campaña en el hecho de que no todos los compromisos prometidos en una gestión de gobierno se cumplieron para desvalorizarlo, se ha repetido una y otra vez en nuestro historial de lucha electoral. Una práctica que denota escasa imaginación y carencia de propuestas. Y permite las comparaciones con los rivales, casi siempre con mejores puntuaciones. Y es lo que explica la insustancialidad del debate electoral que hemos sufrido por décadas.

Admito que la realidad nace de la percepción que se tenga de ella, pero no siempre la percepción la oculta y el intento de desmeritarla suele tener un efecto de “boomerang”, es decir lo inverso a los fines perseguidos. Este defecto ancestral de nuestra práctica política nace de la presunción, muy arraigada en la sique nacional, de que todo cuanto hace un gobierno es malo o contrario al deseo general. Por ende, oponérsele es situarse siempre en el lado bueno, como si se necesitaran más de tres incogibles para ascender a la cúspide, vale decir sólo un 30 por ciento de las oportunidades al bate, a sabiendas de que ocurrieron ponches e inofensivos elevados al cuadro otras siete veces.

Lo esencial es entender que el país conocido en campaña electoral, no es siempre el que se encuentra al subir las escalinatas del Palacio Nacional.

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