Uno de los aspectos más interesantes de las precampañas es la imagen que los aspirantes proyectan de sí mismos. Los afiches de propaganda suelen ilustrarse con sus rostros excesivamente maquillados para aparentar menos edad de la que tienen. Una vez circuló un chiste. Una señora salió de una actividad de un partido frustrada por no haber logrado su propósito de conocer al aspirante. Cuando expresó su queja, el líder del barrio le respondió: “Pero doña, fue el que habló durante esa media hora”.
A comienzos de la década pasada, la imagen del Presidente y aspirante a la nominación por el partido oficialista puesta en vallas promocionales, no se parecía al que tenía su asiento en el Palacio: el hombre ya maduro, con canas nacientes y años de experiencia en asuntos de Estado. Más bien parecía un aspirante a la presidencia del Colegio de Abogados o a la rectoría de la universidad estatal. Un joven con una sonrisa tímida, tal vez producto de los temores naturales de todo aquel que desconoce los secretos y peligros de la difícil posición que busca.¿Por qué despojarle de su activo principal que era la experiencia acumulada al través del ejercicio presidencial?
La proyección de imágenes que no se corresponden con las reales figuras de los candidatos no es un aporte real a sus campañas. Por el contrario, la desnaturalizan y puede crear confusión en los electores.
Muchos asesores piensan erróneamente que la imagen es solo cuestión de apariencia física. El próximo Presidente no lo será porque tenga un bigote bien alisado o un buen peinado de salón. Será aquel que logre ganarse la confianza de una sociedad hastiada de engaños y promesas que muchas veces no se cumplen. El país votará por aquel que proyecte más credibilidad, no por el más atractivo, porque en definitiva, al igual que el autor de esta columna, ninguno probablemente sea bien parecido.
