Reflexiones de finales de agosto

En artículos, conferencias y otros escritos, he insistido que en una democracia, y vivimos en democracia, no hay gobiernos enteramente buenos como tampoco los hay totalmente malos.

Y la razón es bien sencilla, La democracia es un hábito cultural y esa práctica es el fruto de años o de generaciones y no se impone en virtud o como resultado de leyes y decretos.

Por eso juzgo las actuaciones antes que las intenciones. Y a causa de ello he apoyado siempre lo que creo o he creído bueno de cada gobierno. De Mejía, por ejemplo, la humanización del poder y su acercamiento a la gente. En el de Balaguer, sus leyes agrarias, su defensa de los bosques y otros recursos naturales, la promoción de una clase media hasta entonces inexistente y su impulso a la economía. En el de Fernández, la política exterior, que sacó al país del ostracismo en que vivía y el afianzamiento del clima democrático.

De Medina, su política de apoyo a la producción agrícola, ganadera e industrial, sus planes en el sistema educativo, como la tanda extendida y la construcción de aulas, su creativo y humanitario programa de apoyo a la mujer y la creación de las estancias infantiles, que dio apoyo a las madres solteras y les permitió liberarse y crecer valiéndose por sí mismas.

De Abinader, la consolidación de lo logrado en años de práctica democrática, su impulso al turismo, la ampliación del marco de influencia en el ámbito internacional, la solidez del poder civil e institucional y la fijación de dos mandatos como máximo límite personal del ejercicio del poder.

Todos ellos han contribuido al fortalecimiento de la democracia en que hoy vivimos, base de nuestra estabilidad política, económica y social y que nos ha permitido vivir en paz y relativa hermandad a pesar de nuestras diferencias políticas que en el fondo no son tantas.

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