Desde que la humanidad dio el salto cualitativo del medioevo milenario hacia la edad moderna, resultó imperativo la adopción de una perspectiva diferente de mirar la naturaleza, el universo y la realidad circundante, pero además fue necesario cambiar el enfoque de ver el mundo en dimensión macroscópica o en versión diminuta, a través de cada sujeto pensante que empezó a poblar la comunidad biótica, por cuanto era menester pasar del argumento propio de la verdad revelada para entonces entrar a la experimentación verificativa del saber científico en ciernes.
Así, desde la otrora lengua gálica hacia la escritura latina, René Descartes como antropónimo fue transliterado a Renatus Cartesius, de donde las disciplinas propedéuticas, tales como geometría, aritmética y matemática, así como las ciencias naturales, entre ellas la física, hicieron acopio del constructo cartesiano, eje transversal que hubo de dar cobertura a la filosofía, teología y epistemología.
Sobre Renato Cartesio o René Descartes, consta como hallazgo arrojado que recibió educación esmerada en el colegio palatino de la Flèche, institución escolar creada con el sello real, cuya dirección estuvo a cargo de la orden sacerdotal jesuita, tras formarse bajo el modelo de enseñanza escolástica, ingresó a la universidad fundada en honor a Robert Joseph Potiers, donde estudió la otrora jurisprudencia, conocida hoy como ciencia jurídica.
Así como ha sido visto, René Descartes fue jurista, pero debido a la formación escolástica, basado en trivio y cuadrivio, tras cursar las asignaturas correspondientes, tales como gramática, dialéctica, retórica, geometría, aritmética, astronomía y música, hubo de decantarse por cultivar la filosofía, cuyo sistema abarcó la creación de un método mediante epistemología aplicada, la manera de superar la dubitación médica, el reconocimiento de la cogitación humana y el argumento ontológico sobre la existencia de Dios.
Dentro de esa misma conceptualización, cabe precisar que, en su obra célebre, intitulada “El Discurso del Método”, quedó consignada la preceptiva filosófica en torno a las reglas o pautas orientativas para aproximarse a la aprehensión cognoscitiva, a la esencia o naturaleza de las cosas y a la verdad indubitable, criterios cuyo abordamiento amerita el desarrollo de unos que otros parágrafos expositivos.
De una vez, urge mostrar la regla de la evidencia apodíctica, cuyo núcleo duro consiste en inadmitir como verdad aquello que estuviere lejos de constituir un aserto indubitable, por cuanto resulta necesario dudar para entonces obtener la certitud, lo cual implicaba desconfiar de la experiencia sensible, de la fe religiosa y del criterio autoritativo, ya que todo conocimiento suele ser conjetural, provisional o susceptible de cambio.
Enseguida, entra en la escena del método cartesiano la regla del análisis, por cuanto cabe postular que en la solución de cada problema, dificultad, conflicto o disonancia cognitiva, conviene entonces dividir la totalidad en tantas partes como fuere posible para así resolverlas de la mejor manera, toda vez que simplificando la complejidad puede entenderse la realidad.
De manera algorítmica, cabe mencionar en tercer lugar la regla de la síntesis, en cuyo contenido se pone de manifiesto que en la solubilidad de cada problema surgido en el camino de hallar la verdad o el conocimiento cierto hay que partir desde la simplicidad hacia la complejidad, puesto que echando una mirada microscópica sobre los elementos diminutos puede lograrse la seguridad intelectual.
Y como cierre de la circularidad cartesiana, viene a cuento la regla de la enumeración exacta, toda vez que, para lograr la síntesis en el proceso de la recomposición, hay que ser tan exhaustivo en el recuento, de tal suerte que nada quede en el olvido, en tanto que la rigurosidad permite claridad, precisión y eficacia comprobatoria, máxime cuando se trata de la reconstrucción del universo u obtener el entendimiento sobre la verdad.
En resumidas cuentas, resulta apropiado dejar sentado como aserto indubitable que René Descartes, en el camino tortuoso que le condujo hacia el hallazgo de la verdad y del conocimiento cierto, tuvo que aplicar la docta ignorancia, quizás reivindicando la consuetud socrática, pero este filósofo prescindió de todo cuanto había aprendido, entre ellos prejuicios, prenociones y saberes autoritativos, así como emprender viajes a países extranjeros, en pos de ver otras costumbres, para entonces legar a la posteridad una evidencia apodíctica o indestructible, escrita así: “Pienso, luego existo”, cuyo eco aún motiva el alma, mueve el cuerpo y cataliza el intelecto.
