La Silla Plástica: trono del dominicano…

Hay objetos que no figuran en los inventarios solemnes de la Patria, pero “sostienen” silenciosamente la cotidianidad criolla. Es el caso de la Silla Plástica, ese mueble liviano y democrático que ha ocupado, con dignidad que sorprende, el lugar que antes correspondió a la silla de guano, a la silla serrana, a la de cuero’e chivo, al taburete de madera y la propia mecedora de caoba. Si los dominicanos decidiéramos redactar una Constitución sentimental, un 6 de noviembre cualquiera, algún artículo rezaría: “Todo dominicano tiene derecho inalienable a una silla plástica”, porque si algo ha democratizado el espacio público, más que el voto ciudadano, ha sido ese asiento liviano, apilable y en ocasiones tambaleante: la silla de “plático”. No nació en bohío ni en galería de casa victoriana: vino de afuera como muchas tantas cosas que adornan el diario vivir nacional y llegó en contenedores anónimos, blanca como novia de barrio, verde como botella de cerveza, azul como cielo de cuaresma, amarillas como auyama en su punto y se instalaron sin pedir permiso. Luego se aplatanó y se hizo criolla. Eran tiempos de sillas plegables de madera en tamaños de adulto y de niños, que alquilaba Blandino y que ofrecían para mortuorios en casas de familia y para cumpleaños y fiestas en hogares de gran parte de la ciudad capital. Hoy las sillas plásticas, se amontonan en íntima armonía, organizan el dolor en sepelio de pobres y ponen ruta a los desbordes infantiles en esos mismos cumpleaños con estilo moderno. Ahora no hay velorio ni rezos donde no sean las invitadas principales. No hay colmado en que su hilera no sea la perenne presente y en los barrios bajo la sombra generosa de la mata de almendras, de un frondoso mango, un samán o una caoba, se convierten en guardia blanco contra el calor o en línea, frente a la carretera, esperando siempre un visitante para armar la tertulia que lo mismo debate chismes, incidentes políticos, la alineación de los equipos deportivos locales y, porque no, las incidencias de la pelota de grandes ligas. En la ciudad, adonde la acera no es una simple faja de cemento para los de a pie, sino una sala abierta, basta que aparezcan dos a tres sillas para iniciar una asamblea adonde se discute desde el precio del arroz hasta el discurso del presidente sin faltar lo internacional donde aparecen “especialistas” en todas las disciplinas que opinan con particular rimbombancia. La silla plástica ha sido testigo de declaraciones de amor, de discusiones políticas encendidas, de convocatorias sin interés, pero impulsadas con un picapollo, de cuentos repetidos, y de risas abiertas. En campaña electoral se multiplican, en Navidades se agrupan alrededor de la mesa y en Semana Santa se mojan con cerveza tibia y brisa salada.

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