Hace algunos años, en una sesión de supervisión de coaching, el Máster Coach me hizo una pregunta que me descolocó: ¿Estás segura de eso que crees?
Yo acababa de afirmar, con toda la convicción del mundo, que entendía muy bien cómo funcionaban mis patrones emocionales. Al ser psicóloga, coach, estudiar otras ramas del comportamiento, formar a otros, escribir sobre la mente humana, ¡pues claro que me conocía! Y sin embargo, algo en esa pregunta me resultaba distinto, algo que no supe explicar en ese momento. Esa incomodidad era la señal. Porque cuando algo nos incomoda sin razón aparente, casi siempre hay una creencia no examinada escondida detrás.
Durante mucho tiempo confundí la familiaridad con el conocimiento. Había leído tanto sobre sesgos cognitivos y narrativas mentales, que asumí que ese saber me hacía inmune. Error clásico. El cerebro genera una señal de “ya entiendo esto” precisamente cuando más expuesto estás a una idea, aunque nunca la hayas procesado con honestidad real. Puedo saber perfectamente que el miedo al rechazo puede disfrazarse de exigencia hacia los demás, y aun así no haberlo visto nunca en mí.
Fue en esa supervisión donde empecé a diferenciar entre lo que creía saber y lo que realmente había integrado. Son cosas distintas. Saber es tener acceso a una idea, integrar es que esa idea te haya cambiado algo, aunque sea pequeño, en cómo actúas, en cómo reaccionas, en lo que toleras o en lo que ya no puedes ignorar. Yo tenía mucho “saber” y poca “integración”.
La metacognición (la capacidad de pensar sobre nuestro propio pensamiento) no es un ejercicio académico, es una práctica necesaria para cualquiera que tome decisiones, lidere personas o simplemente quiera vivir con mayor coherencia
La primera vez que me senté a preguntarme genuinamente ¿por qué creo esto? sobre algo que consideraba evidente, el proceso fue lento, incómodo y revelador en partes iguales, debido a que descubrí que varias de mis convicciones más firmes sobre liderazgo, sobre relaciones, sobre lo que significa ser competente, venían de lugares que nunca había revisado, algunas eran heredadas, absorbidas, asumidas, no elegidas. La metacognición no te pide que dudes de todo, te pide que tengas la valentía de distinguir entre lo que has examinado y lo que simplemente llevas cargando porque siempre estuvo ahí.
Hoy, cuando alguien me dice con absoluta certeza cómo es el mundo o cómo funciona algo, lo que primero me pregunto no es si tiene razón, sino cuándo fue la última vez que se lo cuestionaron. Porque el problema no suele ser lo que creemos, el problema es que rara vez nos detenemos a preguntarnos si en verdad lo creemos, o si simplemente lo repetimos. Cuestionarse, al final, no es perder el piso. Es, por fin, empezar a construirlo.
