Mi padre, Aquiles Penson, hombre del siglo pasado, entendía que bastaba el pelo de un bigote para sellar un acuerdo de cualquier índole. Hoy no basta el “bozo” entero. Sus enseñanzas, muchas con el ejemplo, nacían de su esencia de principios morales y de lo heredado del padre ilustre, César Nicolás Penson Matos, el de Cosas Añejas y muuuucho más. En su época, la palabra pesaba más que un “acto notarial” y los sellos que lo acreditan y nunca me explicó cómo defenderme ni de la mentira convertida en espectáculo, ni del descaro elevado a virtud. La gente era más auténtica y como él no lo entendía de esa forma no fue capaz de darme lecciones acerca de cómo hacer del engaño “una carrera respetable”. No por ignorancia ni por descuido, es que su mundo, a pesar de experiencias negativas y traiciones, eran excepciones y no normas. No aprendí a desconfiar de todos porque nuestros espacios, aunque imperfectos, aún conservaban ciertos pudores. No recibí lecciones que me enseñaran que la desvergüenza encontraría terrenos fértiles en cada esquina digital y que los afanes de ser primicia impulsan a la gente a descuidar la solidaridad y se hacen indiferentes al dolor, para poder “subir” detalles de la adversidad ajena. En su época el que engañaba procuraba no ser descubierto, pero hoy se necesita audiencia para justificar faltas. Ulises Hereaux, Lilis, el pintoresco presidente, recurría a la expresión de: “se robó la gallina, pero no escondió las plumas”. Nunca me habló de anonimato como máscara para esconderse irresponsablemente de las culpas. En su época el rostro era responsabilidad y si la vergüenza señalaba, siendo la comunidad juez silencioso, el honor mancillado era mortal. El nombre era herencia y había que defenderlo a toda costa. Hoy se puede herir sin dar la cara. Que una mentira expresada con propiedad termina siendo verdad y se puede destruir la moral ajena sin consecuencias. El juicio social se ha se ha tornado efímero y dura lo que una “tendencia” y después todo sigue igual…o peor. No me enseñó que la vergüenza dejaría de ser freno, El honor tenía otro sentido al de este momento y los jueces, se esforzaban por ser imparciales y tenían temor a Dios por condenar a un inocente. Cuántos purgan hoy condenas injustas. Jueces de accionar perverso que inclusive han recibido ascensos, al cumplir requerimientos torcidos que les garantizan prebendas. Tengo ejemplos de dolor cercano. La cobardía ha encontrado tecnología y no aprendí a navegar en un océano adonde lo incorrecto busca legitimizarse a fuerza de repetición. Lo torcido era torcido, aunque se practicara. Hoy basta con que “muchos lo hagan” para que se considere normal. Se decía “mal de muchos, consuelo es de tontos”. Algo me enseñó y que aprendí fue reconocer la diferencia entre las cosas que cambian y los principios que deben permanecer. Hay valores que no dependen de la moda, ni del ruido: la dignidad, la responsabilidad, el respeto por el otro y por uno mismo. La honestidad y el “no ponerle la mano a lo ajeno”, se aprende chiquito. Mi padre me enseñó con ejemplos. Le devolvieron de más y usted se quedó callado, eso es “robo” y me envió adonde doña Luz, la del colmado, a enmendar el error. Adaptarse a los tiempos no es dañarse con ellos. Nuestra gran tarea será rescatar esos valores y principios extraviados.
