Una de las tradiciones de más arraigo en la población dominicana, es el “riesgo”. Cuando se escuchaba el primer llanto del recién nacido, se abría un espacio místico, prescriptivo y mágico en la casa, mientras entraba la madre en un tiempo de recogimiento y reposo. Se trata de los 41 días siguientes al parto, adonde la nueva madre queda “abierta” y susceptible a enfermedades, vulnerable al “mal de ojo”, a fuerzas invisibles y a que “el frío le entre al cuerpo”, a que se le “nuble el cuerpo” y de allí todas las prescripciones” que las creencias ancestrales indicaban en lo que la madre volvía poco a poco al mundo y se iniciaba la vida del recién nacido. Había que evitar los “vientos malos” que abundan cuando la vida se asoma. La madre, en la habitación con velas y otros objetos “protectores”, pocas visitas y las permitidas, breves, iniciaba un proceso de resguardo. En esa manifestación del costumbrismo dominicano convivían lo sagrado, lo práctico y lo que se temía. El modernismo médico ha cambiado de forma, pero no del todo de espíritu. La madre recién estrenada no podía exponerse al “sereno” ni al “aire malo” y debía evitar los baños con agua fría y propiciar los “baños de hojas”: anamu, hojas de guayaba, naranja agria. Tenía que “fajarse el vientre”, lo mismo que el ombligo a la criatura, y seguir una dieta de caldos, chocolate espeso, gengibre y nada refrescante. Más tarde la cerveza malta alemana como menú de recuperación. La mujer no podía lavarse la cabeza durante el “riesgo” y debía utilizar un paño en la cabeza, evitando miradas extrañas y los elogios excesivos a la criatura porque podía despertar envidias. Tampoco podía “hacer oficios”, ni barrer ni “trapiar” y menos cargar pesos. En el pasado lejano la mujer campesina andaba descalza y se obligaba a usar unas chancletas en el Riesgo, que debía botar al terminar. Le pregunta al “salir del riesgo” ¿ya botate la chancleta?, para confirmar que había concluido el espacio místico. No podía exprimir limones agrios y tenía restricciones en los alimentos que podía ingerir porque algunos de ellos le podían traer “frío en el estómago . . La bacinilla era instrumento primordial porque la parturienta no debía “desambular” en la casa. Esta misma bacinilla, debidamente aseada, colocada en la cabeza de la madre con un paño para sacar los nublados de adentro, responsables de los dolores de cabeza, en los preparativos para el fin del riesgo. Días iguales que transcurrían lentamente llenos de una quietud de espera, mientras la casa seguía su pulso, con más quietud, en espera del día 41, número que tenía un “tufo” a designio antiguo. La madre se bañaba como quien renace eliminando lo guardado en ese cuero cabelludo grasiento, se vestía y en ocasiones se iba a la iglesia, más que por obligación, por agradecimiento. Era un reingreso a la vida social “presentándose” como madre recién estrenada. En el sur el riesgo era más místico y en cierta forma más estricto y con mas carga mística y espiritual. El modernismo ha transformado muchas de esas creencias pero aún hay quien recomienda no coger sereno y quien prepara sus tisanas con “Plantas de la tierra” y la abuela vigilante aunque convicta con la Enfermeria. La criatura viene de un mundo de silencios y pide quietud en su entorno y la madre un mundo detenido a su alrededor. En estos tiempos de ciencia y consultas, ya no hay miedo al aire ni à la mirada ajena con recelo y la mujer sale y se atiende cuidándose bajo la vigilancia del médico. El baño no es prohibido y la ventana abierta no es enemiga y los “malos aires” porque la mujer ya no queda “abierta” cuando alumbra.
