Todos hemos escuchado la expresión que reza que soñar no cuesta nada. Y así parece. La gente sueña, anhela y desea y muchas veces piensa que por el solo hecho de hacerlo, todos esos sueños, deseos y anhelos se harán realidad. Nada, ni nadie podrá impedirlo y se tiene voluntad.
Pero en realidad, los sueños y anhelos son más bien el plan, el proyecto de lo que se quiere lograr.
Es el diseño de lo que se desea construir. Solo eso. Nada más.
Después es necesario pasar a la acción a los hechos para traducir lo soñado a la vida real. Esta es la parte más difícil y complicada. Es donde debe mostrarse el verdadero empeño en alcanzar lo deseado. Es cuando debe reunirse toda la fuerza y valor para no fracasar en el intento.
Viéndolo así, entonces, soñar no cuesta. Es gratis y es una manera de escapar de una realidad desfavorable. Aveces se trata de pensarse y verse en un lugar distinto al habitual, sin problemas ni preocupaciones, con salud y con todo aquello de lo que se carece y que a mayor esfuerzo realizado, más inalcanzable se va tornando.
El precio comienza a pagarse conforme crece la determinación por hacer esos sueños realidad, pues es también sabido que el éxito cuesta y que cada cosa que uno desea en la vida tiene un precio y un valor y es precisamente lo más valioso lo que mayor sacrificio conlleva y por eso, que suele ser lo más amado y aquello por lo que uno sería capaz de cualquier cosa por conseguir y por no perder.
Para soñar, ciertamente no hay límites. En los sueños la gente es quien le gustaría ser, hace lo que desea hacer y dice todo lo que despiertos jamás dirían.
Sin embargo, es muy alto el precio que se debe pagar para cumplir los sueños, para traer a la vida real el mundo ideal de fantasías que regalan los sueños. Es verdad, nunca será igual, pero con trabajo duro y sacrificio se puede crear una realidad lo más cercana a aquella en la que solo se puede vivir durante las plácidas horas del sueño.
