Ponerse en el lugar del otro, tratar de entender lo que esa persona sentiría por algo que decimos, o por alguna cosa que dejamos de hacemos o de decir, no siempre es fácil y tampoco es algo que le importe a muchos de nosotros.
Sin embargo, debería ser una constante en nuestras vidas.
Si bien es cierto que es siempre bueno pensar bien antes de hablar, antes de pronunciar alguna palabra hiriente, dolorosa, una de esas que no importa cuantas veces pidamos perdón, sencillamente no se pueden olvidar, también lo es tratar de detenerse un poco antes de hacer algo que involucra a terceros.
Lo mismo aplica para evitar tomar decisiones apresuradas, producto de un enojo, algun ataque de altanería o soberbia.
Si antes de hacer o decir alguna frase, tomar una decisión o dejar de hacer cualquier cosa, nos detuvieramos a pensar cómo esa decisión, esa expresión o alguna omisión podría afectar a otros, nos evitaríamos tanto dolor, tantas decepciones, propias y ajenas.
Lo sabemos, sin embargo, no hacemos lo correcto.
El ser humano es impulsivo, egoísta e indiferente al dolor y los sentimientos de los demás, en especial de las personas más cercanas, curiosamente quienes más los aman y a quienes más se ama.
Muchos han asumido una actitud incomprensible e indolente.
Para cada vez más personas, el dolor solo importar cuando se trata del dolor propio. El problema solo es importante y hay que encontrarle una solución urgente, cuando es el problema de uno mismo. La única tristeza es la que les afecta a ellos.
Para muchos seres humanos, el dolor ajeno nunca es tan fuerte, el problema que no les afecta de manera directa, tiene una solución fácil y rápida, que el afectado tiene en sus manos, pero que no acaba de resolverlo.
La tristeza que invade el alma y el hogar del prójimo, es algo que pasará pronto.
“Parte de la vida y sus complicaciones”.
Se hace cada vez más constante la idea de que lo que no les afecta de manera directa, no es importante. No es problema, si se soluciona o no, no tiene la mayor importancia.
Así como también, se han vuelto cada vez más presentes la indiferencia, la apatía, la incapacidad de ponerse, aunque sea por un instante, en el lugar de alguien más y tratar de imaginar cómo nuestras acciones u omisiones, nuestras palabras o nuestros silencios, pueden herir a otros.
Por tratarse de una conducta muy arraigada, no resulta fácil cambiar de actitud y comenzar a pesar de manera distinta de la noche a la mañana, pero tampoco es imposible, sobre todo, si se tiene la voluntad, se es un poco más autocrítico y se siente un verdadero respeto por todos aquellos que nos rodean.
Solo es cuestión de entender que nadie es perfecto, comenzando por uno mismo.
