Mucho hemos escuchado el dicho que asegura que la desesperación es parte del fracaso. Para algunos no es solo una parte, es la única responsable.
No saber esperar y creer que es “ ahora o nunca”, es y será siempre un error.
Uno casi imposible de enmendar.
Desde el punto de vista de muchos, las personas actúan con desesperación por falta de fe y ausencia de confianza.
Lo hacen porque están seguros de que no vale la pena espera, por eso, aun sin sentirse del todo convencidos de la conveniencia de algo, terminan por aceptarlo, pues creen que no existirá otra oportunidad ni otra opción mejor.
La falta de paciencia es responsable de frustraciones y fracasos.
Es el camino más directo a la derrota.
La paciencia, al contrario, es una virtud que ayuda a construir las bases para lograr una vida con la que se esté más a gusto. Sin tantos autorreproches.
Saber esperar, sin dejarse llevar por las prisas y la falta de fe, a la larga traerá mejores resultados.
La paciencia es la capacidad de mantener la calma aun ante la espera más importante. Es saber mantener el control, aún cuando todo parece derrumbarse a su alrededor.
Es la capacidad de confiar que las nubes desaparecerán y el sol volverá a brillar aún en medio de lluvias torrenciales.
Es no perder la esperanza ante las dificultades y aún en medio de la frustración.
Es ciertamente una virtud que permite resistir la adversidad y no renunciar jamás hasta alcanzar lo que se desea.
Pero es, además, un don.
Un don que permite mantener la serenidad y el autocontrol en medio de la más inclemente de las tormentas.
Es esa indescriptible sensación de paz y sosiego frente a las amenazas más terribles.
De su mano, el camino es más apacible, menos pedregoso.
En su compañía se llega, quizá más lento, pero definitivamente, más lejos.
